El Bypass espiritual: roto por dentro, iluminado por fuera

Existe una trampa en el camino del crecimiento personal que no se parece a un obstáculo visible ni es una caída brusca... Se parece a un atajo que, en realidad, te lleva de vuelta al mismo punto de partida, solo que con mejor decoración.


Esa trampa tiene el nombre de bypass espiritual .


El término fue creado por  John Welwood en 1984, y desde entonces ha sido analizado de manera profunda y exhaustiva. Es un tema trabajado por el mundo terapéutico, incluso en el transpersonal, como uno de los obstáculos más frecuentes en el desarrollo personal. 


Posteriormente, muchos otros autores se han explayado en esta mirada y se han desarrollado de manera generosa.


La idea es tan simple como incómoda... Se basa en usar conceptos o prácticas espirituales para esquivar, evitar enfrentar emociones dolorosas, traumas o situaciones cotidianas, en lugar de vivirlos, afrontarlos para integrarlos.


Dicho de otra manera, es usar la espiritualidad como anestesia y no como un sostén.


La intención es que desde un lugar superior se atiende, se ilumina sin bajar a tierra, pero no funciona. 


En esta forma de proceder hay frases que conoceréis todos... y parecen sabiduría, pero no lo son... Si aún no has visto lo que te comento, obsérvalo y dime cómo lo ves.


Esto se llama bypass espiritual ... no llega con cara de problema. Llega con un aspecto amable de solución. 


Está muy presente en redes sociales y genera muchos likes. Sin embargo, debajo de esta apariencia luminosa, esas frases funcionan como tapones.


Veamos algunas de las más frecuentes y el mecanismo del daño que esconden:


Todo pasa por algo o Todo tiene un propósito


Cuando surge a raíz de un disgusto, una decepción o una pérdida... Negar el dolor que la persona siente, no vivirlo sin observar lo que se mueve en nosotros, poniendo un lazo de colores a algo que todavía duele y sangra, no es lo más sano para nosotros mismos y podemos llegar a enfermar.


Precisamente esta herida que genera el dolor es la puerta de entrada para crecer a un ritmo propio. Lo peor que podemos hacer es abandonarnos...


Que luego, a tiro pasado, cuando ya estás sereno, has tomado tus decisiones y estés en un punto nuevo, puedas reflexionar y te digas: Aunque dolió mucho... El problema viene cuando nos olvidamos de la parte emocional, mental, física, vivencial.


Vibra alto o Eleva tu frecuencia


Esta la vemos a menudo...


Culpa a quien sufre emocionalmente por su propio malestar porque no sabe cómo salir... A esta le acompañan otras de No se da cuenta del autosabotaje... o Es densa... Es como decirle a alguien con fiebre que simplemente piense en frío cuando, en realidad, necesitará un descanso y los cuidados apropiados.


Llega un momento que con un buen acompañamiento o pequeñas acciones, puedes aligerar y poder ver las posibilidades, pero antes tienes que vivir la primera parte que a medida que va pasando la vida, se va aligerando y entonces, sí... elevarte lo que haga falta...


Todo es perfecto


Bueno, a veces y lo sabemos todos... la vida es injusta, dolorosa y una m... Decir que es perfecto es estar muy lejos de lo que está pasando.


Además, minimiza momentos de mucho dolor, crisis vitales, momentos reales  en los que hay una transformación importante y no, este momento, no es para nada perfecto cuando está sucediendo porque duele un montón.



Suelta el apego


¡Esta es muy top! Aviso para navegantes: Por mucho que se lo digas, no funciona y provoca el efecto contrario.


Cada uno de nosotros es dueño y señor de nuestros apegos, se agarra y se desprende cuando uno mismo lo considera.


Invita a evitar lo que resulta importante para la persona. Es el duelo por algo o por alguien que probablemente se ha amado más de lo que se pensaba o es más significativo de lo esperado... y esto hay que atravesarlo para recolocarlo. 


Empujar y presionar en un proceso como si lo que tocara fuera un acto de valentía, es imposible de realizar.



Confía en el universo y deja el control


Cuando se posponen las acciones prácticas que se deben tomar ante problemas concretos y se espera que el universo, la vida o los otros lo hagan por nosotros. 


Se convierte en parálisis disfrazada de espiritualidad.


Sí que puede haber un punto en el que el propio miedo nos lleve a un control excesivo, pero darle la vuelta a esto no será con este mecanismo... No funciona. El mecanismo es otro y tiene que ver con el miedo y el perfeccionismo de la persona, con su historia personal.



Perdona y libérate


Perdonar es una decisión íntima y muy personal. Cuando se obliga por autoridad, es un paripé, no cuaja dentro.


Aunque nos lo hayan inculcado así en la educación que recibimos, no funciona como mandato... Resulta una parafernalia y por dentro queda encapsulado.


Salta por encima del proceso de la rabia, la impotencia sin darle un lugar para seguir ni reparar. 


El perdón real no se construye ignorando lo que ocurrió.



Vive en el presente


La frase es buena, pero hay momentos en que bueno... Cuando se usa para bloquear recuerdos dolorosos o que han quedado sin comprender, sin elaborar, sin darles el espacio que la persona necesita para acabar de resolver.  



No juzgues, solo observa


Habrá momentos en que necesitaremos poner etiquetas, poner enfrente nuestros valores para ver, analizar, desde lo que hemos construido, cómo es esto que está pasando. Luego, decidiremos qué hacemos con esto...


Si no hay un trabajo previo a nivel profundo, nos llevaremos a medias... y según lo que esté pasando, vamos de cabeza a victimizarnos aún más. No hemos visto los límites propios ni los límites ajenos... todos ellos saludables y sin pretenderlo, puede llevar a tolerar abusos. 


Todo en nosotros es necesario dentro de su medida.


La observación sin todo esto no es sabiduría.



El universo proveerá


Ignora la propia implicación y acción cuando hay escasez real. La fe sin movimiento no alimenta ni lo hará.


Conocí a una persona que a esto siempre respondía: Sí, rezando, pero con el mazo dando.


Cada una de estas frases y muchas más otras tienen algo en común y es que ofrecen alivio inmediato a cambio de no atender las heridas y quedan abiertas. Son como esos analgésicos potentes que calman el dolor pero impiden que se localice la raíz dónde está el problema que genera el dolor.


No es elevación, lo siento... Es evasión.




El bypass espiritual es una variante del pensamiento positivo tóxico. 



Su efecto más perverso no es que no cura, sino que genera culpa en quien no consigue estar a la altura, en quien no logra vibrar.


El ego, que es mucho más listo de lo que solemos reconocerle, aprende rápido a disfrazarse de iluminación y priorizará estados elevados sin haber madurado en lo más básico y esto lo complicará aún más. 


Es como construir el tejado sin haber puesto los cimientos. La estructura se sostiene hasta que viene el primer viento y todo viene abajo.... Y el viento siempre llega.


Porque la experiencia de la vida es eso: todas las emociones, las cómodas y las incómodas, pasarán por nosotros... La tranquilidad, el amor, la confianza, la alegría, la sorpresa, la tristeza, la pena, la rabia, el miedo, el asco, la vergüenza, la nostalgia, el duelo... y todas son necesarias. No son buenas o malas, son necesarias.


El aprendizaje real no consiste en evitarlas, sino en respirarlas.


La espiritualidad usada como escape solo consigue un pequeño paréntesis. Después, la emoción regresa y suele hacerlo con más fuerza para que la escuchemos.



La diferencia entre alivio y sanación.


El dolor, la dificultad y la incomodidad necesita ser explorado nunca minimizado. 


Cuando tapamos la emoción con una frase bonita, con una meditación que huye en lugar de encontrar, no desaparece. Se instala más abajo, esperando el momento de volver a llamar a la puerta y hacerlo a gritos.


La sanación real funciona de otra manera y requiere reconocer, explorar, validar y, finalmente, integrar. 


Requiere también algo que en terapia a veces provoca sonrisas cuando lo digo: toca ponerse marrano y que todo salga a la luz .... y que coja un tejido de expresiones, de silencios y de palabras, de conexiones entre lo que viviste, lo que sientes y lo que haces, hasta que el conjunto tenga un significado completo.


Eso es profundamente humano y la espiritualidad natural que llevas en tu interior está totalmente alineada con lo humano en este proceso.


A veces, estratégicamente, en el trabajo terapéutico usamos rituales, pero no son actos de fe ciega. Son intervenciones que trabajan al mismo tiempo en distintas capas de la persona, que se construyen en sesión, que respetan el lenguaje, los valores y las creencias propias de cada uno. Rituales que no te llevan a flotar por encima del problema, sino que te devuelven, con cuidado y con herramientas, justo al centro de él.




Lo que ocurre cuando no se resuelve.

Las consecuencias del bypass espiritual no son concretas y siempre son acumulativas... La represión emocional se ha instalado con fuerza. 


Se niega el enfado, la rabia, la tristeza, por considerarlos no espirituales y emociones densas y el resultado es una creciente desconexión interna. Es como intentar contener agua en las manos apretadas: cuanto más aprietas, más se escapa por los lados. 


No ha habido espacio para procesar y el malestar persiste sin saber cómo se llama... o explota en crisis inesperadas porque la olla a presión no puede seguir indefinidamente sin válvula.


A largo plazo, las heridas se van almacenando. La persona no entiende nada porque está convencida de su buena intención, de su hacer místico y se ha entregado con toda su ingenuidad.


Las heridas darán la cara en forma de ansiedad, en somatizaciones físicas, dolores sin causa médica aparente que son, en realidad, el idioma del cuerpo cuando no le dejamos expresar.


Y aparece también..., en sus formas más elaboradas, lo que podríamos llamar narcisismo espiritual o ego espiritual : esa sensación de superioridad que se resume en yo vibro alto, tú no . Provoca un aislamiento elegante, una vergüenza ajena proyectada en quien no ha alcanzado la paz y la iluminación. 


Es el efecto más silencioso y, a la vez, el más devastador, porque impide tanto la conexión real como el reconocimiento de los propios problemas.



Cómo volver al camino propio.



Sanar las consecuencias del bypass espiritual no requiere renunciar a ninguna creencia. Requiere claridad, honestidad y disposición para mirar lo que se ha estado evitando.


El primer paso es siempre identificar los patrones de evasión, los momentos en que una frase espiritual funcionó como huida. Después, un trabajo concreto y reconsiderar las prácticas.


La meditación real nunca es ni será una huida. Es volver a casa.



Mejor una espiritualidad más sencilla que ayuda a integrar.


Cuando se trabaja de verdad con presencia, con la paciencia que requiere cualquier proceso genuino, lo que se recupera no es solo el equilibrio emocional. Se recupera la autenticidad.


Se acumula menos ansiedad, las relaciones se establecen con límites sanos y la espiritualidad ya no necesita tapar nada porque ha aprendido a abrazarlo todo.


Los beneficios son permanentes porque se han integrado y forman parte del crecimiento, es madurez. Se construye la resiliencia real, no la que resiste y aguanta, sino la que se dobla sin romperse porque tiene raíces profundas.


Crecer consiste en eso... en madurar desde lo más interno hasta lo más aparente, incluyendo también el ego, que también merece calibrarse con nosotros mismos. No ignorarlo, ni castigarlo... No trascenderlo antes de tiempo... Conocerlo, integrarlo y, desde ahí, seguir nuestro camino.


La espiritualidad auténtica no nos saca del mundo, nos devuelve a él, más enteros y más sabios.


Por Rosa Maria Plana Arnés 28 de abril de 2026
Por regla general, tendemos a alejarnos de lo que duele, evitamos lo que nos da miedo... y durante un momento funciona y te sientes mejor... puedes respirar. Lo curioso es que al día siguiente aquello sigue ahí... y la próxima vez que aparece, la sensación es un poco más intensa. Repites la estrategia y enseguida te das cuenta de que tiene que ser un poco más grande... Sin darte cuenta, lo que empezó como una solución se convierte en parte del problema. En Terapia Breve Estratégica existe un concepto que, cuando las personas lo entienden, suele provocar un momento de incomodidad... se le llama las soluciones intentadas. La idea es sencilla: cuando algo nos genera malestar, ponemos en marcha respuestas para aliviarlo. Esas respuestas parecen lógicas, necesarias. El problema es que muchas veces no solo no resuelven nada, sino que son exactamente lo que mantiene el problema vivo. No es que hagamos algo mal. Es que la lógica que ha trazado esa respuesta, aunque parezca sensata, trabaja en tu contra. Piénsalo así: si tienes una astilla clavada y la presionas cada vez que te duele para comprobar cómo está, no la estás cuidando. Te estás haciendo más daño. La intención es buena, pero el resultado no lo es. Y hay otro patrón más difícil de ver a veces... Revisar el perfil en las redes sociales de alguien con quien has roto para ver si ha subido algo nuevo. Lo haces para calmarte, para saber cómo está, para cerrar algo... pero cada vez que miras, la herida vuelve a abrirse. Paremos un momento, por favor... Verás, hay tres patrones que conviene reconocer. No hay una sola forma de caer en este ciclo, pero sí hay patrones que se repiten con mucha frecuencia. La evitación. Alguien que siente ansiedad al coger el ascensor decide subir por las escaleras. Al principio parece una buena idea, pero cada vez que evita el ascensor le está enviando a su mente el mensaje de que es un lugar peligroso. El miedo no desaparece: crece... Con el tiempo, la lista de cosas que hay que evitar se va haciendo cada vez más larga. La búsqueda de tranquilidad. Alguien que vive con mucha incertidumbre o ansiedad aprende a buscar en los demás o en las redes la confirmación de que todo está bien. Pregunta una vez, se tranquiliza un momento, pero la duda vuelve... Entonces pregunta o busca otra vez...y otra. La tranquilidad que recibe dura cada vez menos y la necesidad de buscarla se vuelve más urgente. La rumiación. Alguien que ha tenido una conversación difícil o ha cometido un error se pone a analizar lo que pasó para entenderlo, encajarlo, sentirse mejor... Repasa la situación una y otra vez, busca explicaciones, busca culpables, busca el momento exacto en que todo fue mal. Vueltas y más vueltas... y en lugar de alivio, lo que encuentra es más angustia, porque cuando se rumia, se amplifica. Imagina que estás en un pantano y empiezas a hundirte. El instinto más natural es luchar, intentar salir a la fuerza, pero en un pantano, cuanto más te mueves, más te hundes. No porque estés haciendo algo malo, sino porque esa respuesta es lógica en tierra firme y es exactamente lo que el pantano necesita para atraparte. Con el malestar emocional pasa lo mismo. La evitación, la búsqueda constante de tranquilidad, la rumiación... son movimientos que tienen toda la lógica del mundo y son exactamente lo que te hunde un poco más. Lo que hace que estos patrones sean tan persistentes es que, a corto plazo, producen alivio. Y ese alivio le dice al cerebro: esto funciona, repítelo. Lo que en realidad ocurre es que el ciclo se refuerza, y la próxima vez que aparece el problema es más intenso. Y muchas veces ya no tiene que ver con el problema original, sino con todo lo que has tejido a raíz de él. Es como intentar apagar un fuego con gasolina. En el momento parece que estás actuando, que haces algo útil, pero has avivado las llamas. El problema se mantiene, en parte, gracias a ello. ¿Qué podemos hacer en lugar de eso? La respuesta que propone la Terapia Breve Estratégica no es esforzarse más en la misma dirección, sino cambiarla. No se trata de eliminar el miedo, la duda o la angustia de golpe. Se trata de dejar de alimentarlos con las respuestas que los hacen crecer. No es fácil y no se trata de hacerlo todo de golpe. En terapia, este proceso se trabaja de forma gradual y con estrategias adaptadas a cada persona y a cada situación concreta. No hay una fórmula única. Lo que mantiene el problema es diferente en cada caso y la forma de interrumpirlo también lo es. El primer paso siempre es el mismo: reconocer qué es lo que estás haciendo para sentirte mejor y preguntarte si te está funcionando. Esto lo puedes hacer tú mismo cuando quieras. Si tiendes a evitar La próxima vez que sientas el impulso de esquivar lo que te genera ansiedad, intenta acercarte aunque sea un paso muy pequeño. No tienes que enfrentarlo de golpe. Basta con hacer algo ligeramente distinto a lo que harías normalmente: por ejemplo, subir un piso en ascensor en lugar de ninguno, entrar en la situación dos minutos en lugar de huir. Cada pequeño acercamiento le dice a tu mente que no hay peligro real. Si buscas tranquilidad constantemente Cuando notes el impulso de preguntar o de comprobar algo para calmarte, espera. Pon un tiempo concreto entre el impulso y la acción: cinco minutos, diez, media hora, una hora... No para torturarte, sino para descubrir que la angustia sube... y luego baja sola, sin necesidad de hacer nada. Tolerarla un poco más cada vez es lo que la reduce a largo plazo. Si rumias Cuando te encuentres dando vueltas al mismo pensamiento, no intentes pararlo. En su lugar, interrúmpete físicamente: levántate, cambia de habitación, haz algo con las manos, muévete... El cuerpo en movimiento es una de las formas más efectivas de sacar a la mente del círculo vicioso. También puedes escribir lo que te preocupa en una libreta... sacar fuera lo de dentro reduce su peso. Observa durante unos días qué haces cuando aparece el malestar, sin juzgarte, llévate de la mano con curiosidad. Identificar el patrón es el primer paso para poder cambiarlo. A veces, simplemente verlo con claridad ya empieza a aflojarlo. Llevamos tanto tiempo dentro de este modo de funcionar que ya no lo vemos como un patrón, sino como algo inevitable en nosotros. Ver esa estructura es lo más difícil y también el principio de todo lo nuevo.
Por Rosa Maria Plana Arnés 21 de abril de 2026
Algo empieza a moverse por dentro, sin pedir permiso. No ocurre de golpe. No ha dado señales claras antes. Simplemente aparece: una experiencia interna difícil de nombrar, como si lo que hasta ahora se sostenía empezara a quedarse corto. Sigues haciendo lo de siempre. Cumples, atiendes el día a día... pero en algún momento algo se detiene, y emerge un detonante silencioso... y una gran pregunta que no te deja indiferente... ¿Quieres seguir así toda tu vida? Es como cuidar una tierra durante años y darte cuenta de que necesita otro tipo de atención. No porque hayas fallado ni lo hayas hecho mal, sino porque ha cambiado. Lo que se sembró ya no alimenta igual y, con el tiempo, algunos aspectos de esa vida que construiste empiezan a restar más que a sumar. La vida se puede parecer a una larga temporada de siembra... Decides, construyes, asumes. Aprendes a cuidar lo necesario: el trabajo, la familia, los compromisos, los proyectos. Y tiene todo el sentido... pero llega un momento en que lo que antes funcionaba deja de responder, pierde fuerza y esta sensación de pérdida va en aumento, día tras día. Carl Jung hablaba de este paso como el comienzo de una segunda mitad de la vida. No lo explicaba como un declive, sino como un cambio de orientación... Un tiempo en el que ya no basta con construir hacia fuera, porque algo interior pide ser atendido con urgencia. Como si, después de muchos años, sintieras la necesidad de mirar las raíces del árbol... y apareciera la pregunta de si hay coherencia entre la vida que llevas y lo que realmente eres. Si hay coherencia con lo dentro y lo de fuera. Esta inquietud no es ninguna enfermedad, no es ningún trastorno... forma parte del ciclo vital. No es una depresión, aunque con frecuencia se confunda... Muchas personas lo viven con desconcierto, dudando de su propia salud mental. Aparece el cansancio, se pierde la motivación que antes era natural, los intereses mutan, aparece una sensación de desconexión difícil de explicar... Lo viví hace muchos años, tras un concierto en Alemania. Una inquietud profunda fue creciendo hasta volverse insoportable. Me di cuenta que la vida tal brillante que llevaba estaba muy lejos de lo que amaba. Me sentí muy perdida y sin referentes... la intensidad me llevó al médico, que lo llamó ansiedad con depresión, pero el tiempo demostró que era un punto de inflexión, una llamada, un umbral... una señal clara de que necesitaba encontrar mi camino trazado desde adentro y no entendía nada porque la música lo era todo... y más tarde, lo siguió siendo, pero desde otro punto muy distinto. Todo puede estar en orden por fuera, pero por dentro algo se quiebra, se siente muerto y es una experiencia muy fuerte... como orgánica. Carl Rogers describía ese momento como la distancia entre lo que uno ha llegado a ser y lo que siente que realmente es. Una distancia incómoda, sí, pero también necesaria para ir a lo esencial... Como cuando una tierra fértil necesita ser removida y estar en barbecho para seguir generando vida. Es en esta franja, entre los 38 y los 45 años, donde se concentran más rupturas de pareja, cambios de trabajo, mudanzas de ciudad o de país, cambios de vida. Decisiones que desde fuera pueden parecer impulsivas, pero que por dentro responden a algo que ya no puede esperar más. Décadas atrás, las generaciones anteriores, no hablaban de esto. Se hablaba de la "crisis de los 40", pero vinculada a perder la juventud, al envejecimiento, a lo externo. Seguramente muchos lo sintieron tal como lo describo aquí... no sé... Durante buena parte del siglo pasado, la vida estaba marcada por otras urgencias. Los caminos de vida de las personas se trazaban muy pronto. En realidad, había menos opciones, menos margen que elegir. Se seguía el sendero que tocaba, muchas veces sin cuestionarlo, no por falta de sensibilidad, sino porque detenerse era un lujo o incluso un riesgo. Eran muy pocos que estaban en la estructura que vemos ahora. Las emociones se sentían, pero se aprendía a callar, a resistir, a seguir sin hablar demasiado de lo que dolía. Lo que ha cambiado en nuestro tiempo es el paisaje. Y ha cambiado en pocas décadas. Ahora no es un tiempo más fácil, pero sí bastante diferente. Hay más libertad para elegir y, cuando hay varias opciones posibles, también aparece la necesidad de no equivocarse. La crisis de los cuarenta no es por capricho. Vivimos más años, lo que significa que la vida no termina en la mitad del camino, sino que se abre un tramo largo y nuevo. Ha cambiado la manera de entender el mundo interior. Cada vez más es posible nombrar lo que antes se vivía en silencio. No es que ahora haya más crisis: hay más espacio para no esconderlas, escucharlas y atenderlas. Muchas personas ya no solo quieren vivir, quieren saber cómo su vida puede tener sentido y el tema va del ciclo vital..., de la propia experiencia humana. Creo que esto es evolución. La humanidad no se ha vuelto frágil ni tonta, como he llegado a escuchar de algunos mayores. Es tiempo de mirar con otros ojos hacia una vida, teniéndose en cuenta a uno mismo como alguien esencial en la propia historia, no como el centro del universo, pero sí como protagonista de la vida que tiene uno mismo. Viktor Frankl recordaba que el ser humano necesita encontrar sentido para seguir avanzando. Y en esta etapa, muchas personas descubren que ya no basta con hacer por hacer. Esta crisis de los cuarenta es un tiempo para escuchar antes que resolver. No es un final... es un giro. Y muchas veces es justo ahí donde empieza una forma de vivir más propia y más verdadera.
Por Rosa Maria Plana Arnés 16 de abril de 2026
Parte de una sensación de la que no somos conscientes. No llega de golpe y no avisa. Se mueve despacio, como algo filtrándose por una grieta que ni siquiera sabíamos que teníamos. Y va instalando, sin prisa, una dificultad nueva: la de quedarse dentro de algo que pide atención. La impaciencia crece. La concentración, sin que nadie lo haya decidido, se adelgaza día a día. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Del mismo lugar donde termina cada rato muerto: en la pantalla. Ese río sin orillas al que nos asomamos sin buscar nada. Un reel tras otro. Hasta que aparece una sensación extraña: la de haber comido mucho sin habernos alimentado. El diseño no es casual. El contenido es corto, es intenso, fácil de seguir. Siempre hay uno más. Y lo que empieza como tres, cinco minutos se convierte, sin que nadie lo haya decidido del todo, en media hora o en una hora... ¿Te falta voluntad? Bueno, es que este sistema está construido exactamente para eso, para que te quedes enganchado. Lo que queda después es más difícil de ver. Una sensación de vacío, de aburrimiento que llega más rápido que antes y un estado de ánimo que no termina de asentarse. Porque mientras la mente consciente se entretiene, hay otra trabajando en silencio mano a mano... La memoria implícita toma nota de todo: de cada pausa resuelta con un deslizamiento, de cada momento vacío llenado antes de que llegue a serlo de verdad y nadie lo decide, pero el cuerpo lo aprende igual. Y se construye un reflejo: silencio igual a pantalla. Espera igual a pantalla. Un idioma nuevo que el sistema nervioso aprende a hablar casi sin acento. Así, Una conferencia de dos horas es un tostón, una película larga es un peñazo y un libro empieza a parecer más de lo mismo por lo lento... no porque lo sea, sino porque tu sistema ha sido calibrado para otra velocidad sin tú decidirlo. Los reels no son el enemigo. En dosis razonables pueden servir para desconectar, para aprender algo nuevo. El problema no es el formato. El problema es el uso sin límite, sin conciencia, sin pausa. Ahí es donde el entretenimiento inocente se convierte en un entrenamiento silencioso para la dispersión y si estamos dispersos, no habrá foco ni profundidad. Cuando ese goteo se detiene, algo empieza a reorganizarse despacio con el tiempo... Como cuando el mar se retira y deja ver el fondo. La atención se asienta y el silencio vuelve a ser habitable con su intuición y profundidad. El aburrimiento deja de ser el enemigo y se convierte en un umbral... el lugar donde nace la claridad. La pregunta más honesta no es qué hacemos con el teléfono, sino si lo que estamos aprendiendo lo hemos elegido de verdad... o es simplemente es una huida. Porque allí donde ponemos la atención es donde, poco a poco, vamos construyendo nuestra vida.
Por Rosa Maria Plana Arnés 4 de abril de 2026
Hay algo en todos nosotros que necesita ser visto. Desde que llegamos al mundo, lo primero que buscamos es sentir que alguien se da cuenta de que estamos aquí. Un recién nacido no tiene palabras y tiene una necesidad profunda y primitiva de sentir el contacto y el calor. Es como si cada gesto fuera una pequeña confirmación de la vida. A eso, en el lenguaje del Análisis Transaccional, Eric Berne lo llamó caricias . Y Claude Steiner, tiempo después, amplió esta mirada de manera más extensa y profunda. Las caricias no son solo el contacto físico; son gestos que reconocen tu existencia. Una mirada que se detiene en ti, es un gesto que nombra tu presencia, una palabra que dice que existes… “te veo”, "la vida quiere que estés aquí." Y aunque esto puede parecer sencillo, en realidad es profundamente transformador. Imagina por un momento que dentro de ti vive una especie de hambre silenciosa y no es hambre de comida. Es hambre de que vean quién eres y vean cómo eres. Es una necesidad tan antigua como la vida. Como si hubiera en cada ser humano una pequeña llama que necesita ser vista para no apagarse. Eric Berne se dio cuenta de que las personas no solo buscan estímulos para sobrevivir físicamente, sino también para sentirse vivas… como si cada caricia recibida fuera una chispa que mantiene encendida la vida. Cuando esta llama recibe calor… crece. Cuando no lo recibe… se debilita y puede llegar a morir… y aquí ocurre algo que suele pasar desapercibido: cuando faltan caricias positivas, muchas personas terminan aceptando caricias negativas… antes que no recibir ninguna. Como si el alma dijera: prefiero que me reprochen y me hagan daño… antes que no existir para nadie.... No porque se desee el dolor, sino porque el vacío es mil veces más difícil de sostener. Cuando el contacto falta y el silencio enferma Durante décadas fue una observación de René Spitz y posteriormente se profundizó por parte de Eric Berne y luego, Claude Steiner. En algunos orfanatos, a finales del siglo XIX y bien entrado el siglo XX, en Estados Unidos, Alemania, Francia y Austria, los bebés tenían las necesidades físicas cubiertas. Las cunas estaban limpias, las mantas ordenadas, tenían atención médica. Todo parecía estar en orden y correcto, p ero se detectó que faltaba algo: las manos que acarician, la mirada sostenida con presencia. Los cuidadores, desbordados por el número de niños, atendían lo que se consideraba básico: dar de comer, cambiar pañales, mantener el orden; apenas había tiempo para sostener a cada niño en brazos y ocurrió algo que desconcertó a todos. Muchos de aquellos niños comenzaron a debilitarse. Enfermaban con facilidad, dejaban de llorar, como si hubieran aprendido que nadie acudiría, y muchos incluso morían sin una causa médica que lo explicara. Era el hambre de contacto. Aquellos niños mostraban que el ser humano no vive solamente de nutrientes y medicinas. Vive también de expresiones que confirman su vivir… como si necesitara sentir que hay alguien ahí… sosteniendo su entrada en el mundo y su lugar de pertenencia. Esta experiencia dejó una huella profunda en la comprensión de lo humano. Mostró que la caricia no puede ser un lujo... No es algo opcional. Es alimento. Un alimento que sigue siendo necesario, de otras formas, durante toda la existencia del ser humano hasta que morimos. Hoy se sabe que la ausencia de caricias en la primera infancia comporta menos conexiones neuronales y que algunas áreas del cerebro maduran más lentamente. El desarrollo es mucho más lento y suele resultar pobre, irregular. Las caricias que construyen… y las que no. No todas las caricias son iguales. Algunas llegan como agua fresca en medio del calor y otras son como viento frío atravesando una herida abierta. Una son las caricias que te reconocen sin más… y otras que te valoran por lo que haces o dejas de hacer. Las primeras son incondicionales y te reconocen por ser quien eres. Las segundas son condicionales: te reconocen cuando cumples las expectativas de otros, cuando aciertas, cuando respondes como esperan de ti. Ambas existen en la vida cotidiana y las segundas, muchas veces, más frecuentes que las primeras. Cuando una persona, desde niño, crece recibiendo pocas caricias que reconozcan su esencia, vive como un árbol que busca la luz en medio de un bosque espeso. Se estira… se esfuerza… se adapta… y muchas veces aprende a vivir pendiente de la aprobación externa n o porque fue la manera que encontró para sentirse visto. La economía de las caricias. Claude Steiner, también habló de algo muy cotidiano: la economía de caricias. Una especie de sistema que suele aprenderse desde pequeño: No pidas caricias..., no las aceptes fácilmente... no las des en exceso... no te las des a ti mismo... Como si el afecto fuera un recurso escaso que hubiera que racionar… y como si mostrar reconocimiento fuera peligroso, te debilitara o te volviera tonto. Y entonces ocurre que personas que necesitan sentirse vistas, viven como si no tuvieran permiso para recibirlo y se ven metidas en un laberinto. Se vuelven expertas en minimizar lo que sienten, en restar valor a lo que logran, en desconfiar de las palabras amables… como si cada caricia positiva tuviera que pasar un filtro antes de ser aceptada. Las caricias que no se dieron en edades tempranas seguirán hablando hoy junto con todos los mandatos que acompañaron hasta que sean vistas, atendidas. Estas ausencias pesan más que las palabras... Caricias que nunca llegaron, miradas que no se detuvieron en ti, palabras que no se dijeron… silencios espesos... y esto no desaparece... permanece en modo de ausencias. Se queda dentro como un espacio vacío en una casa interior, en un lugar que seguimos habitando en las distintas formas de relacionarnos: la necesidad constante de aprobación, la dificultad para confiar, la sensación de no ser suficiente. No como castigo, sino como una huella que no ayudará si la ignoramos, porque pide ser comprendida. Aprender a reconocer… y a reconocerse. Hay algo muy reparador cuando una persona, tenga la edad que tenga, empieza a sanar y a comprender este lenguaje invisible... comienza a notar detalles que antes pasaban desapercibidos... Es como si, poco a poco, se afinara una sensibilidad nueva. Y también aparece algo que suele costar al principio: aprender a darse caricias a uno mismo, reconociendo lo que haces, dar relieve a los logros, nombrar lo que sientes, valorar lo que eres… aunque nadie más lo esté mirando en ese momento, desde el respeto interior de manera incondicional. El tejido invisible que sostiene los vínculos Las relaciones humanas están hechas de muchas cosas, pero, en lo profundo, están tejidas con caricias. Cada gesto es como un hilo que fortalece el vínculo. Cada ausencia prolongada es como una fibra que se desgasta. Cuando las caricias circulan con naturalidad, los vínculos respiran y se nutren. Se vuelven más vivos, más ricos. Cuando se bloquean, se niegan algo se endurece, se enfría y empieza a distanciarse sin que sepamos exactamente la razón..., en el fondo, todos necesitamos sentir que nuestra existencia tiene sentido y deja huella en alguien. Una mirada final Quizá, mientras lees estas palabras, puedas reconocer algo de tu propia historia... Alguna caricia que recuerdes con claridad… o alguna que echaste en falta. Quizá puedas recordar un momento en el que una palabra cambió tu día… o incluso tu manera de mirarte… o fue un impulso hacia algo nuevo que cambió la vida para siempre. Las caricias siempre tienen peso, tienen memoria y tienen efecto. Entender su lenguaje no cambia el pasado… pero transforma la forma en que miramos nuestro presente y la forma de mirar nuestra vida entera. En el fondo, todos seguimos siendo ese niño o esa niña que alguna vez se sintió frágil y necesitó sentir los brazos, la mirada, un gesto que dijera: “Estás aquí… y tu presencia importa.”
Por Rosa Maria Plana Arnés 24 de marzo de 2026
Cada emoción que no expresas deja una huella en ti. No desaparece al callarla ni se diluirá al ignorarla. Se queda dentro, como polvo fino que se va depositando en tu interior… Hay algo en ti, un lugar que sabe y recuerda lo que no tiene palabras, lo que tuvo que guardarse para no romperse. Cada esfuerzo que sostienes sin descanso deja un nudo, deja una impronta. Es como llevar una mochila a la que vas añadiendo piedras de distintos tamaños cada día. Una más no pesa, otra tampoco... y llega un momento en que la suma se siente físicamente. Es como una cuerda que se estira una y otra vez. No se rompe, pero va perdiendo flexibilidad de manera paulatina, silenciosa y un día descubres que ya no puedes aflojarla con aquella facilidad y aparece un cansancio muy particular que nace de lo profundo. Y cuando empiezas a reconocerlo, no hace falta tomar grandes decisiones. A veces lo que más ayuda son gestos sencillos y ser constantes con ellos. Como detenerte unos minutos, aunque sientas que deberías seguir. Sentarte en silencio sin el móvil en las manos y permitir que el cuerpo afloje, aunque la mente siga corriendo y saltando un rato más. Ayuda mucho poner palabras, nombre a lo que sientes, aunque sea en voz baja o escribiéndolo en papel. No hace falta una gran explicación. Basta con escribir lo que ocurre y reconocerlo sin juzgarlo: esto me pesa, esto me duele, esto me cansa, esto me carga.... Cuando lo nombras, algo empieza a moverse, a desmadejarse como un ovillo de lana. Otra forma es recuperar pequeños espacios y simplemente estar y observar la respiración, conectar contigo, aunque duela y cambiar el ritmo, caminar despacio, respirar aire fresco, mirar el cielo unos minutos, sentir el contacto del agua al lavarte las manos o al ducharte, cómo el agua acaricia tu cuerpo. Son gestos simples, pero tienen la capacidad de recordarle a tu interior que no todo es esfuerzo. Y también, dar cabida a momentos para tener apoyo y que te escuchen. Momentos para un buen descanso, una pausa. Aflojar no es fallar y soltar no es perder. La mayoría de las veces es ganar. Y detenerte no es rendirte. Empezar a vaciar esta mochila es una excelente decisión antes de que el peso no te deje caminar.
Por Rosa Maria Plana Arnés 18 de marzo de 2026
Hay algo en nosotros que necesita ser escuchado, aunque no siempre tenga una forma clara en palabras y aunque a veces aparezca como una sensación suave que simplemente pide espacio. En las relaciones, eso está siempre presente. En todas, aunque no pensemos en ello. Es como un hilo invisible que va tejiendo el vínculo. No solo compartimos lo que decimos, sino también todo aquello que intenta expresarse y no termina de encontrar su lugar. El espacio que encuentre determinará el grado de importancia de este vínculo. Lo que se quede a medio camino, lo que no se sienta del todo expresado y recibido va creando una distancia sutil con mucha carga emocional. Esta distancia que se genera no suele ser algo brusco, es algo que se va transitando. Es una sensación ligera de no estar completamente en el mismo lugar que el otro y provoca que algo en ti se recoja casi sin darte cuenta. Cuando conseguimos expresar este algo y está bien recibido por el otro sin juicios ni ausencias de atención, entramos en un grado importante de intimidad que pasará por encima de muchas otras expresiones en el momento de comunicarnos. Y ahí es donde la escucha empieza a tener otro significado. La escucha pasa a ser una forma de estar con el otro. Estar sin prisa, sin necesidad de llevar la conversación hacia ningún sitio concreto, sin anticipar lo que el otro va a decir, dejando que lo que está vivo en ese momento pueda desplegarse con naturalidad con sus luces y sus sombras. Cuando uno se siente realmente escuchado, algo dentro se afloja, se acomoda y se recupera aquella experiencia de calidez, de espacio seguro. Y lo mismo ocurre en ti cuando escuchas desde ahí. Es esta experiencia la que te llevará a algo muy nutritivo que antes no existía. Es posible que notes en ti cómo, mientras el otro habla, surgen pequeños movimientos internos: pensamientos que quieren adelantarse, quizás con cierta urgencia, ganas de responder, de explicar, de ayudar o de matizar. No es necesario cambiar eso. Solo necesita empezar a verlo y dejar que pase, sin seguirlo, sin sostenerlo. Y en ese gesto sencillo, casi imperceptible, aparece un espacio nuevo, probablemente desconocido, donde emerge un nuevo oxígeno, un nuevo espacio. La conversación puede respirar, donde lo que está emergiendo tiene tiempo para mostrarse sin ser interrumpido. Ahí, el silencio deja de ser una incomodidad. Se vuelve un lugar con significado y necesario para que se asiente algo que llega por sí solo. Es un espacio con un ritmo propio para decir, sentir y quedarse en lo que se está viviendo sin necesidad de llenar por llenar, explicándolo todo. A veces, hay pausas que acercan más que las palabras. Pausas que no separan, sino que acompañan, sabiendo que no hace falta hacer nada más que estar. Desde este lugar, la escucha se vuelve ligera, más conectada. Empiezas a percibir no solo lo que el otro dice, sino cómo lo vive, qué se repite, dónde se abre, dónde se protege. Si no abrimos esta posibilidad a nuestra relación, sea la que sea, no habrá intimidad, ni será una relación con un lazo importante. Ante las situaciones en conflicto, con las diferencias que se generen porque las habrá, este espacio es importante abrirlo. La relación, poco a poco, cambiará de calidad. No porque desaparezcan las diferencias, sino porque hay más espacio para verlas sin que se conviertan en una amenaza. Más presencia para acompañar lo que aparece en ti y en el otro, sin necesidad de resolverlo todo en el primer segundo. Quizá no se trata de hacerlo mejor Sino de estar de otra manera. Más presentes.Más disponibles, abiertos a lo que ya está ocurriendo. Como si la relación no fuera algo que hay que construir a base de esfuerzo, sino algo que puede ir desplegándose cuando hay espacio suficiente para que lo vivo encuentre su lugar. Y en ese espacio, sencillo y profundo a la vez, es donde realmente nos encontramos.
Por Rosa Maria Plana Arnés 28 de octubre de 2025
Los procesos de cambio necesitan su tiempo. Tener prisa es fruto de no alcanzar lo que está pasando en ti y en tu mundo. Lo que ayuda a avanzar es entender el ritmo y llevarlo a cabo suavemente. El propio ritmo se conjuga desde dentro y cuando no es respetado chilla porque la transformación es importante y el momento es vulnerable. Sí, es importante independientemente de los objetivos del mundo exterior. Puede coincidir en los tiempos, pero puede que no. Este orden acompasado nos enseña que formamos parte de un universo y nos pide enlazarse completamente con la vida desde un lugar nuevo. Escapar es demorar el proceso que no tiene prisa y en algunos casos, nos puede tomar años. Empujarlo es maltrato hacia uno mismo, debilita la energía que se necesita. Son grandes despedidas y abre nuevos encuentros. Empujarlo nos lleva a la desesperanza, a sentirnos abandonados, a la ansiedad, a sentirnos perdidos. El regalo es tuyo y eres tú quien lo tiene que encontrar. No es que sea difícil. Cuando regamos con amor entendiendo la naturaleza de lo que plantamos, todo crece y florece. Por mucha agua, por mucho estímulo que se invierta, no crecerá y marchitará. He visto muchas personas con estas prisas en sus procesos y probando fórmulas milagro con una preocupación por salir de ahí. No se dan cuenta que lo frenan, lo demoran porque no lo acompañan y añaden mayor sufrimiento. Es como si a un niño de tres años lo presionamos para tener el cuerpo de un adulto. En estos últimos años, la vida me ha traído varias pérdidas. Algunas han venido a la vez y otras, se han enlazado. En mis procesos de transformación, aprendí que resistirse genera dolor y siempre me pongo alineada con el momento. La vida no tiene prisa. Las estaciones no tienen prisa. Todo tiene su ritmo. Los paisajes que más me enamoran son los que están en transición como el otoño con sus gamas de verdes, ocres, rojizos, anaranjados, la emanación de la tierra mojada, la sensación de pisar las hojas caídas, el primer frescor en la cara después del verano… ¿Y si en nuestras transiciones también hay tanta belleza y no la vemos porque no nos paramos? Es importante este momento para que llegue lo siguiente con toda amplitud y generosidad. Las elecciones que se tomen precisan de este espacio. Las convicciones a las que se lleguen, cada paso se irá revelando como algo natural. Sería, quizás, buena idea proteger a este visitante, este no saber de ahora como alguien muy querido que elaborará un nuevo comienzo con todas sus posibilidades. De hecho, ha llegado para darle un sentido y nuevos significados. Entonces, no hay nada que restaurar porque no estamos estropeados. Lo podemos abrazar íntimamente para sumergirnos a estos misterios, saboreando cada matiz. La vida no volverá a ser como antes, pero sí en muchos aspectos, mejor. El sentido profundo pone en su lugar cada tramo, cada camino que habíamos tomado con un amor hacia nosotros mismos que antes no conociamos desde un nuevo compromiso. Sin apretar, sin luchas, sin presiones, la respuesta, el alivio surgirá de forma dulce y serena.
Por Rosa Maria Plana Arnés 2 de agosto de 2022
El duelo es una experiencia profundamente subjetiva. Nuestro interior no depende de normas ni de tiempos establecidos. Tampoco dependerá del rango de valor que alguien le haya dado a nivel de dolor... si es más o menos importante en comparación con otros duelos. Depende de uno mismo y del vínculo que existía, de la historia compartida y del lugar emocional que esa persona ocupaba en nuestra vida dentro de lo que es nuestro mundo interno. Por eso no hay dos duelos iguales aunque se piense que dos personas han perdido lo mismo. Aunque desde fuera las pérdidas puedan parecer similares, por dentro cada vivencia es única por el tipo de vínculo, lo que significa, el momento vital y por la línea de vida de cada uno. El duelo es íntimo, no sigue calendarios ni responde a expectativas sociales. Hay procesos que duran meses y otros, años... y otros, continúan transformándose a lo largo de toda una vida. No porque el dolor sea el mismo, sino porque el vínculo con quien se fue sigue evolucionando en nuestro interior. Sigue siendo una pieza clave para nuestro crecimiento. Respetar este ritmo es una forma de cuidado profundo. Permitir que cada etapa tenga su espacio evita que se bloquee... Como en los ciclos naturales, hay momentos de recogimiento, de silencio y de aparente quietud. No sólo hemos perdido a nuestro ser querido, también perdemos una parte nuestra que existía. Hemos perdido una forma de estar en el mundo con todas las etiquetas correspondientes, nuestras identificaciones. Lo que se había tejido a través de ese vínculo. Una manera de habitar que ya no está, unas costumbres. Todo esto conlleva una importante sensación de desorientación. No es sólo por la ausencia, sino por el cambio que provoca y aunque antes hayamos crecido interiormente, hay una parte emocional, psíquica y física que necesitará su tiempo. Nuestro interior necesita reorganizarse hacia una nueva configuración, aunque todavía no sepamos qué forma tendrá... Significa encontrar un lugar interno para lo vivido. Permitir que el vínculo continúe desde otro lugar. Con el tiempo, comienza a transformarse en una presencia silenciosa que no desaparece y ha cambiado de forma. Reconocer que también algo en nosotros ha muerto es una parte esencial para la nueva forma de ser que comienza a emerger. Es un viaje con sus luces y sus sombras. Es un viaje con muchos caminos, paisajes y varios desiertos. Un movimiento que transformará nuestra manera de comprender la vida y la propia existencia. La vida encontrará cómo desplegarse de nuevo... no como antes, pero sí desde un conocimiento más consciente, más real de nuestra vulnerabilidad y del valor de lo vivido. El ser querido que se ha ido se transforma en una presencia profunda con el legado que sostiene y acompañará hasta el final de nuestros días.
Por Rosa Maria Plana Arnés 27 de junio de 2022
Quizá alguna vez hayas escuchado que el duelo se supera. Que el tiempo lo cura todo y que, si haces bien las cosas, llegará un día en el que el dolor desaparecerá y todo volverá a ser como antes. No es verdad. Lo siento. En lo profundo, hay experiencias que no se borran. Hay pérdidas que no pasan sin dejar huella y no porque algo esté mal, sino porque fue importante para ti, y lo importante deja marcas que forman parte de quien eres. El duelo no es algo que se supere, se integra. Como una cicatriz en la piel que no desaparece, pero se vuelve parte del cuerpo que habitas. Ya no duele como al principio, pero sigue contando una historia. Cuando pierdes a alguien amado, no solo desaparece lo externo. Se mueve tu suelo interior. Es como si el mapa que conocías dejara de servir y tuvieras que aprender a caminar por un territorio nuevo con algunos códigos distintos, sin haberlo elegido. Y ahí comienza el duelo. Tal vez te haya pasado que, después de un tiempo, el dolor vuelve. Un recuerdo que aparece sin avisar. Una fecha señalada... Hay días que vuelven sin pedir permiso. El día de su aniversario. Aquella verbena. Cuando llega la Navidad... Fechas que antes estaban llenas de vida y que ahora llegan con un silencio distinto. Y entonces surge la duda: ¿Por qué todavía duele? El duelo no es una meta que alcanzar y no es una puerta que se cruza quedando todo atrás. Es más parecido a aprender a vivir con esto. Al principio, pesa tanto que parece imposible moverse, vivir, respirar. Cada paso cuesta, cada recuerdo se siente como una punzada. La ausencia lo ocupa todo y cada mañana, al levantarte, vuelta a empezar. Con el tiempo, no desaparece, pero tú te has hecho más amplio por dentro. Has aprendido a caminar, a cómo aflojar. El cuerpo encuentra nuevas formas de sostener lo que pasa por dentro y la herida empieza a curar, a dejar de chillar. La respiración se vuelve más profunda. La vida empieza a abrir pequeños claros, como cuando en medio de un bosque espeso aparece la luz entre las ramas. Eso que duele sigue ahí, pero ya no llena todo el paisaje ni tus horas. Sigue ahí, convive contigo de una manera mucho más amable. Integrar el duelo es darle un lugar digno a lo que has vivido con el tejido amoroso que tiene con un importante agradecimiento. Es como crear un espacio en tu casa interior donde ese amor pueda permanecer sin herirte constantemente. Como colocar una fotografía en un rincón especial: no para quedarte atrapado en el pasado, sino para honrar lo que ha sido valioso. El duelo, en el fondo, es la intensidad de lo amado y esto nos muestra que nadie desde fuera determinará la importancia de este o cualquier otro duelo. Es cosa de uno mismo. Es amor que ya no puede expresarse como antes, pero que busca caminos para seguir vivo de otras maneras, formas, expresiones. Integrar el duelo conlleva aceptar que ya no eres la misma persona que eras antes de la pérdida. Algo se ha roto y ha muerto en ti, también y no es algo ligero. Al mismo tiempo, en tus pasos empieza a verse una transformación: una manera más sensible de habitar la vida, más consciente. Me hubiera gustado que me hubieran dicho en su día que no se trataba de cerrar una etapa como si nunca hubiera existido. Me hubiera dado mucha paz y hubiera evitado mucha tensión saber que no se trataba de olvidar para seguir viviendo. Si estás atravesando un duelo y sientes que aún pesa, que aún duele, que todavía hay días en los que todo parece detenerse, no significa que estés fallando. Significa que estás transitando un proceso humano, íntimo y profundo. El duelo no se supera. Se integra… paso a paso, respiración a respiración, hasta que aquello que dolía tanto encuentra un lugar donde descansar sin desaparecer. Y entonces, casi sin que te des cuenta, la vida vuelve a brotar.
Por Rosa Maria Plana Arnés 7 de mayo de 2022
La trascendencia no es algo extraordinario. No es un lugar al que se llega de repente. Se parece más a un amanecer: primero una claridad tenue, luego colores suaves… hasta que todo el paisaje queda iluminado. Cada personalidad vive este proceso a su manera. Cada remedio acompaña un tramo distinto del viaje, p ero, en el fondo, todos los caminos apuntan hacia el mismo horizonte: la consciencia, un corazón más abierto y una vida que se siente con mayor plenitud. La trascendencia empieza siempre en el vivir aquí, en la Tierra, transformando lo interior, la palabra y las acciones. Siempre comienza en la materia y en la experiencia de vida que tenemos. Si queremos trascender en lo espiritual, habrá que empezar por aquí, porque somos como árboles con sus raíces. Si no es así, se convierte en una fantasía. Y quizás por eso mismo, porque este camino empieza desde lo concreto y lo vivido, no puede ser forzado desde fuera ni impuesto como si todos tuviéramos que despertar al mismo tiempo o de la misma manera. Sé que muchos no estaréis de acuerdo conmigo y, por favor, tened presente que hablo desde mi observación y mi experiencia. El cambio arranca aquí, en lo más básico y basto, con un modus operandi que te tiene en cuenta a ti y a tu entorno. Ese paso no se omite si lo que queremos es alcanzar lo sublime, y será un camino del día a día hasta que nos vayamos de aquí. Cada uno debe seguir su propio camino, a su ritmo, su sentir y sus darse cuenta . Por eso, me cuesta creer en las personas que se autodenominan despertadores y que actúan impunemente para despertar a los demás, incomodándolos con acciones desalineadas con la realidad interna de la persona. El cambio viene desde dentro. Siempre. Si el detonante causa rechazo, no provocará cambio… Tiene que tener parte del tejido interno o poner en evidencia lo que ya está ahí. Porque cuando el impulso llega desde fuera sin conexión con uno, puede perjudicar y cronificar; en definitiva, hacer más daño que bien. Si lo que queremos es cambiar el viejo paradigma, tampoco encajará hacerlo de la misma manera en que se ha gestionado hasta ahora. Ya vemos hacia dónde nos ha llevado. No se puede hablar de Consciencia mientras se empuja al otro sin respetar su proceso y su sentir. Se trata de acompañarnos... si no es así, es agresión y es manipulación. Los despertadores, en la mesilla de noche, si los queremos tener… por favor. Y dejemos a la gente en paz, haciendo su propio proceso. Se aprenderá más con un tropezón por una decisión propia que con un empujón dado sin ton ni son. Porque, al final, nadie puede hacer raíces por otro y sin raíces, no hay árbol que sostenga las ramas. Nadie florece cuando lo empujan, sino cuando ha conseguido lo que necesita para hacerlo.
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