El peso invisible: el cansancio emocional

Cada emoción que no expresas deja una huella en ti.
No desaparece al callarla ni se diluirá al ignorarla.
Se queda dentro, como polvo fino que se va depositando en tu interior… Hay algo en ti, un lugar que sabe y recuerda lo que no tiene palabras, lo que tuvo que guardarse para no romperse.
Cada esfuerzo que sostienes sin descanso deja un nudo, deja una impronta. Es como llevar una mochila a la que vas añadiendo piedras de distintos tamaños cada día. Una más no pesa, otra tampoco... y llega un momento en que la suma se siente físicamente.
Es como una cuerda que se estira una y otra vez. No se rompe, pero va perdiendo flexibilidad de manera paulatina, silenciosa y un día descubres que ya no puedes aflojarla con aquella facilidad y aparece un cansancio muy particular que nace de lo profundo.
Y cuando empiezas a reconocerlo, no hace falta tomar grandes decisiones. A veces lo que más ayuda son gestos sencillos y ser constantes con ellos.
Como detenerte unos minutos, aunque sientas que deberías seguir.
Sentarte en silencio sin el móvil en las manos y permitir que el cuerpo afloje, aunque la mente siga corriendo y saltando un rato más.
Ayuda mucho poner palabras, nombre a lo que sientes, aunque sea en voz baja o escribiéndolo en papel. No hace falta una gran explicación. Basta con escribir lo que ocurre y reconocerlo sin juzgarlo: esto me pesa, esto me duele, esto me cansa, esto me carga.... Cuando lo nombras, algo empieza a moverse, a desmadejarse como un ovillo de lana.
Otra forma es recuperar pequeños espacios y simplemente estar y observar la respiración, conectar contigo, aunque duela y cambiar el ritmo, caminar despacio, respirar aire fresco, mirar el cielo unos minutos, sentir el contacto del agua al lavarte las manos o al ducharte, cómo el agua acaricia tu cuerpo.
Son gestos simples, pero tienen la capacidad de recordarle a tu interior que no todo es esfuerzo.
Y también, dar cabida a momentos para tener apoyo y que te escuchen. Momentos para un buen descanso, una pausa.
Aflojar no es fallar y soltar no es perder. La mayoría de las veces es ganar.
Y detenerte no es rendirte.
Empezar a vaciar esta mochila es una excelente decisión antes de que el peso no te deje caminar.









