El extraño placer y el dolor de recordar

Cuando algo te detiene... un olor, una canción, una luz determinada de una tarde de verano que se parece demasiado a otra tarde que ya pasó... y de repente estás en dos sitios a la vez: aquí y en algún lugar que ya no puedes habitar... la nostalgia... y a veces, con una sensación rara porque duele y al mismo tiempo, no quieres que pare.
Lo acompaña una aureola de pérdida y algo ligero que todavía tiene calor y brilla. Es difícil de explicar porque es entre dulce y amargo, sin dejar de ser dulce. Es como abrazar algo que no puedes tocar con tus manos.
A esto, durante mucho tiempo se le consideró una enfermedad y el término lo creó un médico suizo, el Dr. Hofer, en el siglo XVII para describir el malestar de los soldados que añoraban su tierra. Era una dolencia que se trataba, pero hoy sabemos que es mucho más complejo y más humano que eso.
La nostalgia no vive solo en el pasado, vive en el espacio que se genera entre lo que fue y lo que es ahora. Y ese lugar, a veces, dice más de ti que cualquier otra cosa.
Lo curioso es que los recuerdos casi nunca son exactos con lo que fueron. La memoria no archiva, en realidad, teje y moldea.
Cuando recuerdas aquel verano, aquella persona, aquella época de tu vida... lo que recuperas no es lo que ocurrió, sino lo que significó para ti, cómo lo viviste y el significado siempre tiene distorsión... más color, más calor, la intensidad del olor, más textura que el hecho en sí.
Por eso la nostalgia puede ser muy generosa y cruel al mismo tiempo. Generosa porque te devuelve algo que perdiste y lo vuelves a tener. Cruel porque te recuerda que no puedes quedarte allí, sólo vive en tu memoria.
Hay quien la evita a toda costa y se protege de ella como de algo peligroso, como si mirar atrás fuera a inmovilizarte y fuera engorroso salir. Y hay quien vive instalado en ella permanentemente, como si el presente no pudiera competir con lo que ya fue y tampoco lo pudiera hacer en el futuro.
Ninguno de los dos extremos te lleva a ningún sitio útil.
Cuando no la agarras ni huyes de ella, la nostalgia trabaja en silencio y hace algo... te recuerda de qué estás hecho, lo que fue y lo que es importante para ti..., lo que amaste, lo que perdiste, lo que dejó marca. Una brújula que no señala ningún norte externo.
Los investigadores Constantin Sedikides y Tim Wildschut llevan años estudiándola y han encontrado algo que no es tan fácil de ver y es que la nostalgia fortalece. Lejos de encerrarte en lo que fue, hace todo lo contrario. Nos da sentido.
Las personas que la experimentan sin enredarse en ella se sienten más conectadas a los demás y más dispuestas a abrirse. Como si recordar con afecto lo vivido activara algo que también ayuda a mirar hacia fuera.
Se sienten más capaces de afrontar la incertidumbre y más seguras de quiénes son. Esto tiene su lógica: cuando sabes de dónde vienes, cómo te has sentido, lo que has experimentado, el presente desestabiliza menos.
La vida es una acumulación de experiencias que se van enlazando una tras otra y el pasado forma parte de ese tejido. Ignorarlo no te hace más libre, te deja sin hilo. El pasado te ancla, te da suelo bajo los pies.
Sedikides lo describe como una función necesaria y también, reguladora.
La nostalgia es algo natural y aparece precisamente cuando más la necesitas. En los momentos de soledad, de transición, de pérdida de sentido. La mente tira de este recurso, de este hilo hacia atrás para traerte al presente algo esencial: has pertenecido a algo, has sido querido y amado, has tenido momentos que valieron la pena y ese recordatorio no es escapar. Aparece como un punto de apoyo desde el que dar el paso siguiente.
Este momento es para ayudarte y recuperar un sentido... no para huir del presente.
Quizás lo que necesita la nostalgia no es ser racionalizada, controlada ni superada. Lo que pide es algo mucho más sencillo y más difícil a la vez: ser respirada, ser habitada... Dejar que ese olor, esa canción, ese rostro, esa luz de la tarde te lleve donde te quiere llevar sin resistencia y sin prisa, suavemente, volver.
El pasado no compite con el presente. Está ahí quieto esperando para entrar sin forzar y sin pedirte que te quedes. No se trata de vivir en él ni de huir porque en las dos pierde lo que es capaz de darte.
Puede recordarte que en ti hay amor recibido y amor dado, dificultades atravesadas, momentos que te descubrieron, sorprendieron, te transformaron sin que lo supieras. Todo eso es tuyo y siempre va contigo. Da cuerpo, da sentido y puede dar coherencia, incluso en la innovación.
Es el suelo desde el que puedes pisar cualquier futuro sea del calado que sea.









