La Reimpronta, lo que el cuerpo sí sabe.

Lo más potente para el ser humano es aquello que recuerda su cuerpo... cada impacto, cada sensación, experiencia, emoción, queda grabada y tiene sus propios significados alineados con lo que ocurrió.
La experiencia como tal es totalmente subjetiva y está rica en detalles. Luego vendrán las palabras, lo que se dijo, el tono de la voz, cómo impactó, la energía emocional que se recibió... lo que significa y en su conjunto va generando una especie de cadena que puede iniciarse desde cuando estábamos en el útero materno.
Llegaron antes de que se pudiera discernir. Tiene contenido vivencial y se instaló tan dentro que se vive como algo que forma parte esencial de la persona. Y aquí viene parte del problema y a su vez el gran descubrimiento cuando se da: la identificación de quiénes somos asociada a lo que nos ha pasado.
En realidad, eres muchísimo más que esto. Y esto es lo que pasó y cómo lo viviste.
El origen de la técnica
A finales de los años ochenta, uno de mis queridos maestros, Robert Dilts, uno de los desarrolladores más importantes de la PNL, se encontró con algo que le interpelaba: había personas que trabajaban con mucho esfuerzo en su desarrollo personal, entendían muy bien sus patrones internos, tenían todo para cambiar... y aun así, nada cambiaba.
Robert observó que muchas de esas resistencias tenían unos anclajes, unas raíces en lo que él llamó improntas, que son como huellas que se mantuvieron ahí. Momentos del pasado que nos podemos remontar a antes de nacer, en los que una experiencia intensa dejó una marca tan profunda que se convirtió en una ley interna. Una regla de funcionamiento que se adoptó sin revisarla jamás.
Entonces, desarrolló la Reimpronta como una técnica para volver a esos momentos y ampliar la comprensión de lo que había ocurrido y actualizar la información, la enseñanza que se extrajo de ellos.
¿Qué es una impronta?
Imagina que cuando eras pequeño, alguien a quien querías mucho llegó un día agotado y tú te acercaste buscando conexión, una muestra de cariño y esa persona te rechazó, puso un límite con dureza para que le dejaras tranquilo.
Tu mente adulta, con la perspectiva que da el tiempo, puede entender muchas cosas de esa escena, pero la mente de aquel niño no pudo hacerlo. Aprendió, quizás, que el amor viene con condiciones y que molestar puede ser peligroso... y que lo mejor es no necesitar a nadie.
Esa conclusión es la huella que dejó esa experiencia. La impronta... Un filtro a través del cual lo has interpretado todo desde entonces, sin darte cuenta de que estás mirando con ese cristal de por medio.
La impronta es la solución en un momento en el que no se tenían recursos. El problema llega cuando esa solución de entonces sigue gobernando tu vida ahora.
Gabor Maté, otro de mis maestros, médico canadiense, dedicó décadas a entender la relación entre trauma y enfermedad y lo dice así: el trauma no es lo que te pasó, sino lo que pasó dentro de ti como resultado de lo que te pasó. Se refiere a la experiencia subjetiva.
Eso desplaza el foco completamente.
Ya no importa si el evento fue objetivamente grave. Lo que importa es si el niño tuvo los recursos internos y el apoyo externo para procesarlo. Si no los tuvo, dejó marca. Independientemente de lo que cualquier observador externo pudiera opinar sobre la gravedad de lo ocurrido.
Y eso explica por qué dos hermanos que crecen en el mismo hogar pueden salir con heridas muy distintas.
El trauma no se mide en hechos, se mide en lo que quedó dentro sin resolver.
El proceso, paso a paso
El proceso tiene una estructura que va paso a paso. Es una técnica que debe tener su momento adecuado. Requiere un espacio seguro de confianza, un acompañamiento muy bien calibrado y un estado de apertura que hay que preparar antes con cariño.
Si lo usamos como una receta, no funciona, porque dependerá mucho de la conexión con el terapeuta en todo momento y en todas las oscilaciones emocionales que sucedan. Hay matices importantes en cada persona que remodelan cada vez que se realiza la técnica.
El punto de partida es siempre una limitación presente, algo que la persona sabe: algo que le pesa y no sabe cómo resolver, un patrón que se repite en su vida, una emoción que aparece en situaciones muy concretas... un detonante que se dispara sin ton ni son y que la secuestra de su presente.
Desde ese punto de partida, se explora la línea del tiempo desde un estado centrado y alterado o semi alterado de consciencia. La orientación del ejercicio es llevada por la mente inconsciente, que va mostrando toda la información a todos los niveles. Suele saber el camino mejor que cualquier patrón de pensamiento, por lo que la habilidad en sostener el ejercicio marcará el resultado.
Se llega a una escena que tiene la misma energía emocional que la limitación presente. Es frecuente que no sea la escena más dramática de la historia personal. A veces es algo que no hubiéramos destacado, pero el cuerpo la reconoce como algo importante, el inicio de algo.
Ahí empieza el trabajo más delicado, con detalles a varios niveles y con los comportamientos que nos hirieron. El cambio de perspectiva con toda la información traído del inconsciente al consciente es el corazón de la Reimpronta.
Lo que ocurrió nunca se justifica. Se trata de darle mayor amplitud y extraer algo nuevo al nivel que sea.
La Reimpronta trabaja en la raíz y de ahí, a la superficie. Esto es lo interesante de este trabajo.
Los padres heridos que hieren sin querer
La mayoría de los padres que generan estas huellas en sus hijos son personas heridas que no resolvieron su propio dolor.
La intención es cuidar al hijo y no hay intención de dañarlo. Hay patrones que se transmiten porque nadie los vio, nadie los interrumpió, no hubo recursos para hacer algo distinto. Lo que no se procesa se pasa como algo que queda latente sin resolver durante demasiado tiempo.
Gabor Maté habla mucho de su propia historia. De cómo siendo bebé en Budapest, en 1944, su madre lo dio a un extraño para que lo cuidara mientras ella intentaba sobrevivir al Holocausto. De cómo esa separación temprana dejó en él una herida de apego que tardó décadas en reconocer y de cómo esa herida le hizo ser un padre presente ausente emocionalmente con sus propios hijos.
La cadena no se rompe sola, necesita conciencia y la conciencia necesita un espacio donde mirarse sin destruirse.
Eso es también lo que hace la Reimpronta. Entender de dónde venía la herida del otro... ese movimiento, cuando ocurre de verdad, libera en ambas direcciones.
Una nota...
La Reimpronta es poderosa y precisamente porque lo es, no es para todas las personas.
Trabajar con escenas que tienen carga emocional importante requiere un mínimo en el suelo emocional. Si estamos en un momento de mucha fragilidad, mejor esperar un poco. Habrá que asentar primero. Si estamos viviendo un momento de crisis importante, pero ya llevamos un terreno asentado, sí puede ser un buen momento.
Es una técnica que puede que no dé resultados instantáneos. A veces, sí los da, pero en otras ocasiones abre una puerta que necesita seguir trabajándose. La integración de lo que va saliendo lleva su tiempo y tiene su ritmo. No dependerá del terapeuta, sino de la persona que vive la Reimpronta, de su línea de vida y de la organización interna de los eventos.
Hay otras situaciones más complejas donde se necesitará un planteamiento terapéutico más elaborado antes de entrar en este tipo de trabajo.
La Reimpronta nunca escribirá de nuevo nuestro pasado. Lo que ocurrió, ocurrió. Lo que estuvo mal, seguirá estando mal una vez colocado. Lo que cambian son los significados que extrajimos de aquello.
Ese cambio, cuando es genuino, se nota en el cuerpo.
Las improntas llegaron sin palabras y soltarlas suele ocurrir también así... El cuerpo lo sabe antes de que la mente lo entienda.









