El nombre, primero. La forma más breve de decir que estás aquí

Cuando alguien no usa tu nombre, algo desaparece. Despacio, casi sin avisar..., pero desaparece.


Primero la singularidad. "Nena", "guapa"... son etiquetas que podrían ir pegadas a mil personas distintas. Tu nombre, no. Usar tu nombre dice que aquello va para ti, que la persona que se dirige a ti se ha tomado la molestia de ser específica.


Con el tiempo, no nombrar también silencia al otro. Cuando alguien no existe por su nombre, su voz va perdiendo peso sin que nadie lo haya decidido. Lo que dice llega de otra manera, con menos presencia, como si hablara desde un lugar que no termina de ser reconocido.


Detrás de cómo mencionamos a las personas siempre hay unos códigos. Creo que considerar esto es importante. Con un gesto mostramos el respeto, la admiración, la deferencia, su singularidad... o el desprecio, la condescendencia o algo formal que no importa hacia quien va. El nombre que usamos, o que no usamos, habla antes que cualquier otra palabra.


Claude Steiner, desde el Análisis Transaccional, lo llamó la economía de caricias. Una caricia no es solo un gesto físico, es cualquier acto que reconoce la existencia del otro... y llamar a alguien por su nombre es una de las más directas, bonitas y honestas.


Steiner observó que vivimos en un sistema donde el reconocimiento se raciona sin darnos cuenta: pídelo poco, dalo con cuentagotas, ahórratelo a ti mismo. Como si el afecto fuera un recurso escaso que hubiera que administrar con mucho cuidado. Y en ese sistema, sustituir el nombre por una etiqueta genérica es también una forma de dar menos de lo que podríamos... de mantener una distancia que a veces ni siquiera hemos elegido conscientemente.


Martin Buber, filósofo y pensador del vínculo humano, describió dos maneras fundamentales de relacionarnos con el mundo. La relación Yo-Tú, donde el otro es reconocido como una presencia completa, irreductible. Y la relación Yo-Ello, donde el otro se convierte en objeto, en función, en categoría. Buber decía que cuando tratamos al otro como un Tú, también nosotros cambiamos. El encuentro verdadero no es solo un acto hacia el otro, es un acto que nos constituye a los dos. Nombrar a alguien por su nombre es el gesto más sencillo de la relación Yo-Tú. Sustituir su nombre por una etiqueta genérica es empezar a tratarlo como un Ello, aunque no sea nuestra intención.


Hoy esto ocurre cada día en los chats de WhatsApp, donde la inmediatez parece autorizar la falta de cuidado. Se contesta sin leer del todo, se mandan audios a medias, se copian respuestas genéricas que podrían ir dirigidas a cualquiera... y el otro lo nota. Casi nunca lo dice, pero lo nota... y, en algún momento, más pronto que tarde, deja de esperar demasiado de esa conversación... y de esa persona.


El nombre nunca es un simple dato... es la primera caricia del lenguaje.


Usarlo bien apenas ocupa tiempo. Es un segundo, una pequeña decisión antes de escribir, antes de hablar, pero ese segundo tiene peso. Acumula presencia y construye confianza. Y con el tiempo, es precisamente ese cuidado pequeño y constante lo que determina la calidad de nuestras relaciones.


Nombrar a alguien con su nombre es el gesto más pequeño y más honesto que puedes tener con otra persona. Lleva dentro un mensaje: sé quien eres y me dirijo a ti porque me importa.


Pocas cosas son tan sencillas y tan necesarias.


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