Carisma... lo que se transmite sin querer

Si recuerdas a alguien con especial claridad, puede ser una persona que perdiste el contacto, o alguien que sigue en tu vida pero que ocupa un lugar distinto al resto. Intenta recordar qué fue exactamente lo que te dejó su huella.
Quizás, no es lo que dijo ni lo que hizo. Es una sensación que dejó rastro... Alguien que te trató de una manera que te sentiste preciosamente considerado.
Hay personas que entran en una habitación y la llenan con su estar.
Maya Angelou lo expresó en una frase que me gusta utilizar: la gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir. Y esto habla tanto para bien como para mal.
Vivimos en una época obsesionada con tener cuerpos perfectos... Con aprender a proyectar, a construir una marca personal que impresione. Se habla de carisma como si fuera una técnica, algo que se entrena con un paso a paso... la entonación adecuada, la pose estudiada frente al espejo y lo que se entrena así no es realmente carisma. Es una actuación que acabará quedando en el olvido.
El carisma real viene de lo que eres cuando puedes estar con alguien sin estar pendiente de la imagen que estás dando y sin calcular el efecto de cada palabra. Esa soltura, esa presencia sin pose, es magnética.
Todos hemos hablado con alguien que mientras te escucha tiene la mirada en otro sitio. Dice lo correcto, pero no está del todo... Algo falta. Y también hemos vivido cuando alguien te habla y está completamente ahí sin esa sensación de que espera que acabes. Esa diferencia no es pequeña.
Alguien que cuando te ve, se alegra de verdad, recuerda lo que le contaste la última vez que os visteis y pregunta por aquello que mencionaste y quizás habías olvidado que habías dicho. Que cuando le cuentas algo bueno, lo celebra sin reservas... Que cuando le cuentas algo difícil, no busca la solución inmediata sino que se queda un momento ahí contigo.
Las personas carismáticas generan esa sensación por convicción. Les nace de dentro, hay una base interna con unos principios que se expanden de manera que importa de verdad lo que dices.
Hay una escena en la película El indomable Will Hunting en la que el personaje de Robin Williams está delante de Will sin ningún tipo de reserva y desde un lugar muy humano. Lo ve de verdad y lo trata como el chico que es, sin centrarse en el problema que hay que resolver. Will siente al profesor como alguien especial, siente la conexión y se va soltando poco a poco. Se siente elegido. Ese es el carisma de quien llega completo al encuentro con el otro.
Hace ya muchos años, me pasó cuando tuve acceso a personas significativas del mundo de la música clásica, gente con una trayectoria importante y un nombre por su genialidad. Se tomaban su tiempo en escucharme, en preguntar, en interesarse de verdad por mí y por mi carrera... Algo importante se movía por dentro, para mí eran inspiración, mi percepción del mundo cambiaba y yo tenía un lugar. Era algo más importante que reconocimiento... Me sentía incluida... Lo que yo era y hacía les importaba.
Luego, en nuevos encuentros, lo recordaban. Estos tesoros los he llevado siempre conmigo. El carisma consiste en poner luz, y eso es un grandísimo regalo.
Deslumbrar es otra cosa.
Quien deslumbra pone el foco en sí mismo. Quien ilumina hace que el otro se sienta con más luz y que el espacio que se genera sea más auténtico. Ese magnetismo es generoso y tiene una onda que crece dentro de nosotros, por eso dura.
Quien necesita caer bien y que lo tomen en serio a cada momento para sentirse valioso, genera tensión. El foco lo tiene en sí mismo, no le importa demasiado el otro.
Quien no necesita ser el protagonista, genera comodidad y alivio. Y esta distensión atrae.
El carisma verdadero se fundamenta en la energía de la propia persona, en sus valores, en su motor, en lo que ha ido construyendo dentro de sí a lo largo de los años... por eso crece con la madurez.
El carisma auténtico es una consecuencia.
Y hay una paradoja al final de todo esto... Cuando intentamos ser carismáticos no llega. Llega cuando, habiéndonos trabajado, nos olvidamos de nosotros mismos para estar, enteros, con el otro.
La frase de Maya Angelou no es una observación sobre la memoria, yo la veo como una brújula. Apunta hacia lo único que de verdad deja huella en las personas: la calidad de lo que transmites cuando estás presente.
Eso es lo que recordarán de ti.









