Lo que las vacaciones muestran y la vuelta al trabajo esconde



A mediados de las vacaciones, hay un momento en que el cuerpo deja de correr sin que se lo hayas pedido. Los días cogen otra dimensión, las horas dejan de estar numeradas como días atrás, y algo que llevaba meses sonando a todo volumen, baja. Como un instrumento que se detiene de pronto en mitad de una pieza musical y, en ese silencio inesperado, se empieza a escuchar la respiración de quien tocaba.

Siempre estuvo ahí. Simplemente la música no dejaba oírla.

Eso hacen las vacaciones. Bajan el volumen de lo urgente lo suficiente como para que algo se haga audible. Entramos en ellas deseando el descanso... y sin saber muy bien que también nos estamos exponiendo a escucharnos.

Y lo que se oye no siempre resulta cómodo ni fácil.

A veces es una pregunta sobre tu vida, sobre tu momento vital que llevabas meses aplazando sin saber que la aplazabas. A veces es una ausencia que el ruido disimulaba muy bien. 

A veces es la certeza de que algo dejó de sostenerte como antes lo hacía, y que llevas tiempo actuando como si siguieras viviendo en aquel tiempo que ya pasó.

Imagina una casa con una habitación que permanece cerrada casi todo el año. Un lugar donde nadie entra. Nadie habla de ella. El resto de la casa funciona bien, se habita, se vive con normalidad... y esa puerta sigue cerrada, sin molestar mientras haya suficiente ruido en las otras estancias.

Las vacaciones son ese extraño paréntesis en que el ruido baja tanto que permite oír lo que se mueve detrás.

Puede incomodar. Si te permites quedarte un instante, puede empezar a parecerse a un alivio.

Y entonces llega septiembre...

Septiembre no lo cura... 

Septiembre cubre de nuevo con los horarios, las tareas, las prisas que ya conoces y con ellas vuelve una sensación de haber recuperado el control... y decimos
he vuelto a la normalidad. Esa frase hace un trabajo silencioso... convierte el gesto de tapar la propia vida en un logro.

Con eso el lenguaje mismo se vuelve cómplice de la huida, sin que tú hayas decidido cerrar nada.

Es como si alguien, sin ninguna mala intención, entrara en la habitación donde tus ojos empezaban por fin a acostumbrarse a la luz... y corriera la cortina de nuevo.

Así viven muchas personas año tras año, sosteniéndose en el
es lo que hay, en el la vida es así. 

Quizás falta decir que cubrir no es siempre cobardía.

A veces es lo único que creemos tener disponible cuando lo que se ha escuchado llega sin instrucciones y sin modelos para moldear, sin saber qué hacer con ello, sin nadie que te haya enseñado cómo se sostiene una pregunta así. 

La rutina no es solo una inocente anestesia. Es el único refugio que se tiene a mano.

Pero existe una diferencia enorme, aunque no se note mucho, entre tapar algo sin haberlo mirado nunca... y taparlo después de haberte dado cuenta.

Cuando lo has visto, ya no hay vuelta atrás.

La puerta puede seguir cerrada. La cortina puede volver a correrse. El ruido de septiembre puede llenar otra vez cada rincón del día. Pero tú ya sabes que hay una puerta que se cierra, una cortina y un ruido que lo tapará todo. Y eso, aunque no lo resuelvas ahora, ya es distinto a no saberlo.

Por eso importa, de vez en cuando, dejar que el ritmo se ralentice... llegar incluso a aburrirse, alcanzar esa sensación particular
donde tus verdades encuentran por fin el espacio para desplegarse a través de los sentidos, a través del cuerpo.

La vuelta puede vivirse como dos versiones de ti que se dan la mano en vez de darse la espalda - la que escuchó en esos días de descanso y la que vuelve a la rutina-. Cuando esas dos versiones caminan juntas, coherentes entre sí, hay algo que se vuelve más liviano: los momentos de tensión se sostienen distinto, con otra respiración.

Quizás una buena vuelta no sea matricularse en aquel curso que nunca terminas, sino algo más pequeño y más difícil: poner en práctica lo que empezaste a escuchar de ti, hasta que encuentre su lugar en tu día a día.


Por Rosa Maria Plana Arnés • 20 de octubre de 2026
La mirada se fue primero. Las pequeñas cosas que sostienen nuestra vida
Por Rosa Maria Plana Arnés • 13 de octubre de 2026
Apego Desorganizado. Amor y Tormenta
Niña y su madre al lado, la niña está distanciada y la madre está absorta mirando a lo lejos
Por Rosa Maria Plana Arnés • 6 de octubre de 2026
Apego Evitativo. Callar antes de las palabras
Niño en brazos de una mujer con la mirada seria, mirando hacia abajo
Por Rosa Maria Plana Arnés • 29 de septiembre de 2026
Apego Ansioso. Aprender sin desaparecer
Por Rosa Maria Plana Arnés • 22 de septiembre de 2026
Apego. Reconocer las mareas
pies en la orilla, mojándose un poco los pies  y estando de pie
Por Rosa Maria Plana Arnés • 15 de septiembre de 2026
Primera parte hablando del Apego y que el buen trabajo empieza con la relación con uno mismo.
Por Rosa Maria Plana • 11 de septiembre de 2026
Me llamo Lomo Gris. Ellos me llaman el lobo feroz
Por Rosa Maria Plana Arnés • 21 de julio de 2026
Carisma... lo que se transmite sin querer
Por Rosa Maria Plana • 14 de julio de 2026
Las creencias, el suelo que nunca cuestionamos
Por Rosa Maria Plana • 7 de julio de 2026
Cuando dar te vacía y recibir te pesa
Show More