El humor, el pegamento del amor

Una mirada, una palabra, y los dos estallan. Llevan décadas juntos y todavía se ríen de las mismas bobadas. Desde fuera, a veces ni se entiende qué tiene tanta gracia, pero eso es exactamente lo que lo hace poderoso... ese humor es de ellos dos.
Y hay otras parejas que ya no se ríen. Hablan, se organizan, incluso se quieren, pero no hay ligereza. Esa ausencia, aunque no se nombre, acaba pesando y desde mi observación, veo que siempre acaba en drama.
El humor no es algo superficial en una relación. Une más de lo que nos pensamos. Es una estructura en la que dos personas deciden poner una energía ligera entre ellos.
Pero antes de seguir, vale la pena detenerse un momento. Cuando hablamos de humor no estamos hablando de la broma criticona, ni de reírse, burlarse del otro. Eso no es humor, es otra cosa.
El humor, el que nace del cariño, el que incluye al otro, el que sabe jugar y sabe cuándo hacerlo aparece cuando dos deciden aligerar el momento. Esa capacidad de no tomarse absolutamente todo tan en serio sin dejar de tomar en serio lo que importa, es una de las formas más maduras de inteligencia emocional que existen.
Paul Watzlawick, uno de los pensadores de la comunicación y figura central de la Terapia Breve Estratégica, tenía una forma muy particular de ver cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Para él, los problemas que más nos atrapan no son los más graves. Los que nos atrapan son los que hemos visto muchas veces de la misma manera, tantas que ya no podemos verlos de ninguna otra.
Cuando alguien ya no puede reírse de sí mismo, algo se ha cerrado. La imagen que tiene de sí mismo se ha vuelto tan vigilada, que no puede permitirse ni un momento ágil sin sentir que algo importante se rompe. Watzlawick diría que esa persona está atrapada en su propia solución, cuanto más se protege, más rígida se vuelve... cuanto más rígida, menos respira y se aleja de todo.
La TBE nació precisamente de esa observación: que muchas veces no es el problema lo que nos hace sufrir, sino la forma en que intentamos resolverlo. Si cada vez que te sientes inseguro en una relación te vuelves más controlador y más necesitado de tenerlo todo bajo orden, estás aplicando una solución que alimenta exactamente lo que temes.
La rigidez como refugio es una forma para evitar sentir.
El humor funciona al revés porque provoca un margen sano para poder ver la propia situación desde un ángulo diferente sin negarla, desde un lugar distinto. Es lo que en terapia llamamos reencuadre: un cambio en la manera de ver que cambia todo lo que significa.
En las relaciones personales, esto es crucial porque dos que comparten el mismo humor no solo están pasándoselo bien, están construyendo algo importante.
Cada vez que os reís juntos de un malentendido, de vuestra propia incoherencia, de lo absurdo de una situación... estáis creando una referencia compartida, un pequeño mundo interior que es solo vuestro... es el que sostiene la relación en los momentos en que todo falla.
El humor solo fluye cuando hay confianza... y esa confianza viene de dentro, de una autoestima lo suficientemente firme como para que tu propio error no se convierta en una condena. Para que una mirada crítica no te derrumbe, para que lo imperfecto no sea una amenaza.
Las personas con autoestima pendiente de revisar tienen una relación muy tensa con el humor. He visto que no se lo permiten porque sienten que reírse es quitar peso a lo que duele, como si la ligereza fuera una traición a lo que está pasando. Viven dentro de una armadura.
Recuerdo una pareja que vino a consulta en un momento bastante tenso. Llevaban meses tropezándose, cada conversación acababa en discusión y los dos estaban agotados. En un momento de la sesión le pedí a él que me pusiera un ejemplo concreto de por qué sentía que ella no se comunicaba bien. Se quedó pensando y me dijo: vas a flipar...... Empezó a explicarse, se lió, volvió a empezar, se lió más... y acabó diciendo exactamente lo contrario de lo que quería decir. Ella lo miró. Él la miró. Y los dos estallaron. Carcajada limpia en medio de todo ese peso.
Ese momento me dijo más sobre ellos que todo lo que habían contado antes.
Siempre que la situación lo permite, procuro dar entrada al humor. La manera de trabajar es más liviana y la conexión más directa. Genera complicidad. Desde la complicidad se habla de otra manera... lo que no siempre ocurre desde el drama.
La ligereza es la que te permite ver sin perder el hilo de quién eres. La que te deja reírte de lo que has hecho sin convertirte en lo que has hecho. Cuando la tienes, ya no necesitas que el otro cuide tu imagen, que te tome tan en serio a cada momento para sentirte valioso. Puedes estar en la relación desde un lugar mucho más libre.
Y desde ahí el amor tiene más aire. Hay espacio para los momentos serios, para la ternura, para la carcajada, para la conversación profunda, para la broma tonta... Esa capacidad de contener muchos climas distintos es lo que hace resistente a una relación.
Watzlawick hablaba de cambiar el punto de observación como una manera de cambiar el ángulo desde el que miras. El humor es el cambio de ángulo más accesible que existe. Solo requiere un momento en que dejas de aferrarte a cómo deberían ser las cosas y ves cómo en realidad son.
La narrativa interna cambia... ese relato sobre ti mismo, sobre el otro, sobre lo que está pasando se afloja un poco, deja de ser tan absoluto. Aparece una versión de los hechos que tiene menos tragedia.
Las relaciones que duran son las que han desarrollado un lenguaje propio para atravesar los conflictos. El humor, cuando surge de la conexión, del cariño, del respeto, es la señal de que dos personas siguen escogiéndose y se encuentran.
Eso es el pegamento.
El que mantiene unidas las piezas mientras la vida las sacude de vez en cuando.









