El autosabotaje, el guardián que pocos saben escuchar

Hay una parte de ti que recuerda absolutamente todo lo que has olvidado.
Es silenciosa, antigua, lleva ahí mucho más tiempo que cualquier propósito que hayas tenido alguna vez.
Milton Erickson, el padre de la hipnosis naturalista, la llamaba la mente inconsciente, y lo primero que entendió es que no es el enemigo. Es el guardián más fiel que tienes. Registra todo, protegiéndote de lo que en algún momento dolió.
El problema es que llevas años sin escucharlo y él lleva años intentando hacerse oír. El autosabotaje es una de sus formas de hablar.
Hay algo que estás a punto de conseguir, todo está listo, y justo entonces ocurre algo: el cuerpo se tensa, la mente se va, se nubla... o lo fastidias sin saber cómo ni entender por qué. Seguro que has pensado que es debilidad, pero no lo es. Es esa parte diciéndote: Oye, espera. Esto ya lo hemos vivido antes y dolió un montón.
Quizás fue una humillación en la infancia. Quizás un mensaje repetido de mil maneras distintas: ...mejor que no te vean... ¿quién te crees que eres?... deja que hablen los que saben... Quizás no te lo dijeron como una orden, pero el niño que fuiste lo convirtió en una verdad absoluta: exponerse duele. La huella quedó operando en silencio a una profundidad a la que el consciente adulto no sabe cómo llegar.
En 1974, un soldado japonés llamado Hiroo Onoda fue encontrado en la selva de Filipinas. Llevaba casi treinta años combatiendo, fiel a una guerra que el mundo entero había dado por terminada en 1945. Tenía lealtad absoluta a lo último que le habían dicho. Tuvieron que traer a su antiguo comandante para que depusiera las armas.
Esa es la parte de ti que sientes que te sabotea. En realidad, pelea por ti con la última información que recibió. Nadie con autoridad reconocida por él le ha dicho que la guerra ha terminado.
Y ahí está el nudo: la mente consciente no puede resolver lo que ella misma nunca creó. Necesitas otra herramienta y ya la conoces, aunque no lo sepas. La has usado esta mañana, probablemente, cuando conducías y llegaste sin saber cómo. Cuando una película te absorbió tanto que olvidaste que estabas sentado en el sofá. Cuando te perdiste en un pensamiento y el tiempo desapareció.
Eso es el trance de verdad, el de todos los días. No el de las películas...
Es un estado en el que la mente consciente afloja, cede lo suficiente para que algo más profundo pueda respirar. Erickson aprendió a inducirlo y descubrió que el inconsciente está siempre dispuesto a colaborar, si se le trata correctamente. Entonces la rigidez se vuelve flexibilidad y aparecen recursos que llevabas años sin ver.
El cambio ocurre sin resistencia porque no hay nada que defender, nada que atacar. Por fin hay espacio para moverse.
El inconsciente no entiende de instrucciones directas ni se maneja a la fuerza. Si le dices deja de sabotearte, no te escucha. Si le das una orden, se cierra. Pero si le cuentas una historia que roza sin nombrar lo que ocurre, algo se mueve por debajo y sube ligero a la superficie. El enfoque ericksoniano, por eso, habla en metáforas, en imágenes, en relatos que parecen no venir a cuento y que sin embargo llegan exactamente donde tienen que llegar. El consciente los escucha como entretenimiento. El inconsciente los recibe como instrucciones en su propio idioma.
Es un trabajo de artesanía: encontrar las palabras exactas que el consciente deja pasar y el inconsciente reconoce como suyas.
Y todo esto lleva a lo más difícil de aceptar: la parte que te sabotea nunca fue tu enemiga. Aprendió a protegerte cuando esa protección era necesaria y cuando nadie más lo hacía. Ha seguido haciéndolo fielmente aunque el peligro ya no exista y hayan pasado muchos años. Como una manta de invierno que sigues llevando encima en pleno verano. No es la mala de la película. Necesita la información de que ha cambiado la estación.
El trabajo es hablar con ella y mostrarle que el contexto ha cambiado, que hay formas mucho más útiles de cuidarte. Lo que antes cerraba puertas se convierte, por fin, en la llave que las abre.
Si tienes miedo al éxito, úsalo... Esa sensación puede ser una señal de que estás cerca de algo importante... El mismo miedo que paralizaba puede convertirse en brújula.
La fuerza de voluntad ahí te pone en guerra. Este otro enfoque te invita a firmar la paz.
Es como intentar abrir una puerta a golpes cuando la llave siempre ha estado en tu bolsillo. Erickson nos enseña a buscar la llave sin derribar la puerta.
Siempre se abre sin esfuerzo, con invitación, colaborando con esa mente que solo quiere que estés a salvo.









