Me llamo Lomo Gris. Ellos me llaman el lobo feroz

Me llamo Lomo Gris. Ellos se refieren a mí como el lobo feroz.
Mis crías y yo llevábamos varios días sin comer.
Recuerdo cómo era el bosque antes. Los robles espesos donde los jabalíes engordaban comiendo bellotas, tanto que casi no podían correr. Las riberas donde los castores construían sus presas y el agua se quedaba quieta llena de peces. Los claros de sotobosque denso donde los corzos dormían al amanecer. Las praderas interiores donde las liebres cruzaban como pequeños relámpagos marrones.
Todo eso había desaparecido en menos de dos inviernos y era nuestro hogar.
Las hachas llegaron primero y luego, los carros. Hicieron caminos. Cada árbol cortado era madera para sus casas en la aldea. Cada claro abierto era un campo de cultivo para ellos. Los jabalíes perdieron los robledales y se fueron al este. Los castores perdieron las riberas tranquilas y ya no los vimos más. Los corzos no tienen sotobosque donde esconderse en un bosque talado. Todo quedó del revés para nosotros y para el resto de los animales...
Se fue el mundo entero que era nuestro hogar y nuestra comida.
Tenía dos cachorros en nuestra guarida. Era la segunda camada... Crías que me miraban con esa confianza que tienen los hijos....
Ella ya no estaba para ayudarme. Tres semanas antes, unos cazadores habían cruzado el bosque con trampas y perros. Ella había salido a explorar, como hacía siempre, y ya no volvió a casa. Días después encontré su rastro en el borde de un camino.
Los cazadores cobraban bien por cada piel de lobo en la aldea.
Desde entonces éramos tres. Mis cachorros y yo.
Esa mañana salí antes del amanecer.
Crucé lo que quedaba del bosque siguiendo el olor a tierra húmeda y entonces vi a una niña con una capucha en mitad del camino... Sola. En el bosque, de buena mañana.
Me acerqué despacio y le pregunté a dónde iba y me explicó que iba a casa de su abuela, señaló dónde se encontraba el lugar y lo que llevaba en su cesta.
Pensé: ¿Quién manda a una cría sola por aquí? No entiendo a los humanos...
Le dije que tuviera cuidado. Me miró con esa sonrisa de quien es inocente todavía y siguió su camino.
Llegué antes a casa de la abuela porque conozco los atajos. Atajos que existen desde que el bosque era de mis ancestros.
Toqué la puerta y cedió. La anciana me vio y gritó asustada. Yo intenté explicarle que tenía hambre, pero ella no me entendía y corrió hacia el fondo de la casa, se metió en un sitio y se cerró.
Me quedé en medio sin saber qué hacer.
Entonces vi sobre la mesa carne, fruta y pan. El olor de la carne me golpeó después de tantos días sin comer. Me acerqué despacio. Tomé algo de carne y me quedé junto a la mesa comiendo en silencio, escuchando si la anciana se movía.
Al rato llegó la niña. Entró, la puerta estaba abierta, y me encontró allí, junto a la mesa. Por unos segundos me quedé inmóvil, tan sorprendido como ella.
Intenté no moverme para no asustarla más. Le expliqué que tenía hambre y dos crías esperándome. Intenté que mi voz sonara tranquila, pero mi voz es fuerte y áspera, construida para el bosque. Cada palabra que decía la alejaba un paso más hacia la puerta.
Entonces gritó y gritó.
Pude oler su miedo.
Su grito cruzó la puerta, cruzó el claro, llegó al camino. Un cazador debía estar cerca, rondando por la zona. Entró en segundos y sin preguntar qué había pasado, sin mirar si había alguien herido, elevó el hacha contra mí con la intención de matarme.
Salté por la ventana antes de que pudiera usarla y corrí sin mirar atrás. Encontré a mis cachorros en la guarida, acurrucados el uno contra el otro, esperándome.
Con hambre. Como siempre.
La niña volvió con los suyos con una lección grabada a fuego: los extraños son peligrosos. Nadie le enseñó a leer la situación, a preguntarse para qué alguien hace lo que hace.
El miedo es lo más fácil de transmitir y el miedo fue lo que se llevó.
El cazador fue el héroe. El hombre que entró con hacha en mano. Se celebró su valentía para matar.
Y yo me convertí en la explicación de todo. El símbolo limpio durante siglos del mal que amenaza, una bestia que mata por el placer de matar.
Nadie consideró que un bosque destruido arrastra consigo al desastre, a la hambruna y a todo lo que lo habita.
Que la desesperación no es maldad, aunque lo parezca.
Colgaron en la pared la piel de ella como un trofeo.
Dicen que los cuentos enseñan a los niños cómo es el mundo. Puede que sea verdad... yo no lo sé. Pienso que no enseñan cómo es el mundo sino cómo los adultos lo ven.
Lo que no dicen es que enseñan a quién temer, a quién aplaudir, qué preguntas no hacer.
Un niño que escucha este cuento junto al fuego aprende que hay monstruos y que el lobo es uno de ellos. Hay que matarlos. Lo que no aprende es a observar y a preguntarse qué ha pasado realmente, más allá de los buenos y los malos. Y esa pregunta que no se hace de niño, tampoco se la hará de adulto hasta que el último árbol caiga y el silencio sea tan grande que ya no haya cuento ni vida que lo llene.
Y mientras esto no sucede, el bosque seguirá encogiéndose y nadie junto al fuego levantará la mano para preguntar por qué.
Tres semanas después, Lomo Gris y sus cachorros murieron de hambre.
Ya no se escribió cuento para eso.
Para los de la aldea, la historia había acabado bien. Esa noche se contó, con toda emoción, una historia con un héroe, con una niña salvada y con un monstruo a la fuga.
Final feliz... Sí, claro y todo en orden.









