Este algo que necesita ser escuchado



Hay algo en nosotros que necesita ser escuchado, aunque no siempre tenga una forma clara en palabras y aunque a veces aparezca como una sensación suave que simplemente pide espacio.

En las relaciones, eso está siempre presente. En todas, aunque no pensemos en ello. Es como un hilo invisible que va tejiendo el vínculo. 

No solo compartimos lo que decimos, sino también todo aquello que intenta expresarse y no termina de encontrar su lugar. 

El espacio que encuentre determinará el grado de importancia de este vínculo. Lo que se quede a medio camino, lo que no se sienta del todo expresado y recibido va creando una distancia sutil con mucha carga emocional.

Esta distancia que se genera no suele ser algo brusco, es algo que se va transitando. Es una sensación ligera de no estar completamente en el mismo lugar que el otro y provoca que algo en ti se recoja casi sin darte cuenta.

Cuando conseguimos expresar este algo y está bien recibido por el otro sin juicios ni ausencias de atención, entramos en un grado importante de intimidad que pasará por encima de muchas otras expresiones en el momento de comunicarnos. 

Y ahí es donde la escucha empieza a tener otro significado. La escucha pasa a ser una forma de estar con el otro.

Estar sin prisa, sin necesidad de llevar la conversación hacia ningún sitio concreto, sin anticipar lo que el otro va a decir, dejando que lo que está vivo en ese momento pueda desplegarse con naturalidad con sus luces y sus sombras.

Cuando uno se siente realmente escuchado, algo dentro se afloja, se acomoda y se recupera aquella experiencia de calidez, de espacio seguro.

Y lo mismo ocurre en ti cuando escuchas desde ahí. Es esta experiencia la que te llevará a algo muy nutritivo que antes no existía.

Es posible que notes en ti cómo, mientras el otro habla, surgen pequeños movimientos internos: pensamientos que quieren adelantarse, quizás con cierta urgencia, ganas de responder, de explicar, de ayudar o de matizar.

No es necesario cambiar eso. Solo necesita empezar a verlo y dejar que pase, sin seguirlo, sin sostenerlo. Y en ese gesto sencillo, casi imperceptible, aparece un espacio nuevo, probablemente desconocido, donde emerge un nuevo oxígeno, un nuevo espacio.

La conversación puede respirar, donde lo que está emergiendo tiene tiempo para mostrarse sin ser interrumpido. Ahí, el silencio deja de ser una incomodidad.

Se vuelve un lugar con significado y necesario para que se asiente algo que llega por sí solo.

Es un espacio con un ritmo propio para decir, sentir y quedarse en lo que se está viviendo sin necesidad de llenar por llenar, explicándolo todo.

A veces, hay pausas que acercan más que las palabras. 

Pausas que no separan, sino que acompañan, sabiendo que no hace falta hacer nada más que estar. Desde este lugar, la escucha se vuelve ligera, más conectada.

Empiezas a percibir no solo lo que el otro dice, sino cómo lo vive, qué se repite, dónde se abre, dónde se protege.

Si no abrimos esta posibilidad a nuestra relación, sea la que sea, no habrá intimidad, ni será una relación con un lazo importante. Ante las situaciones en conflicto, con las diferencias que se generen porque las habrá, este espacio es importante abrirlo.

La relación, poco a poco, cambiará de calidad. No porque desaparezcan las diferencias, sino porque hay más espacio para verlas sin que se conviertan en una amenaza. Más presencia para acompañar lo que aparece en ti y en el otro, sin necesidad de resolverlo todo en el primer segundo.

Quizá no se trata de hacerlo mejor Sino de estar de otra manera.

Más presentes.Más disponibles, abiertos a lo que ya está ocurriendo.

Como si la relación no fuera algo que hay que construir a base de esfuerzo, sino algo que puede ir desplegándose cuando hay espacio suficiente para que lo vivo encuentre su lugar.

Y en ese espacio, sencillo y profundo a la vez, es donde realmente nos encontramos. 

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