El duelo, una experiencia subjetiva.

El duelo es una experiencia profundamente subjetiva. Nuestro interior no depende de normas ni de tiempos establecidos. 

Tampoco dependerá del rango de valor que alguien le haya dado a nivel de dolor... si es más o menos importante en comparación con otros duelos.

Depende de uno mismo y del vínculo que existía, de la historia compartida y del lugar emocional que esa persona ocupaba en nuestra vida dentro de lo que es nuestro mundo interno.

Por eso no hay dos duelos iguales aunque se piense que dos personas han perdido lo mismo. Aunque desde fuera las pérdidas puedan parecer similares, por dentro cada vivencia es única por el tipo de vínculo, lo que significa, el momento vital y por la línea de vida de cada uno.

El duelo es íntimo, no sigue calendarios ni responde a expectativas sociales. Hay procesos que duran meses y otros, años... y otros, continúan transformándose a lo largo de toda una vida.

No porque el dolor sea el mismo, sino porque el vínculo con quien se fue sigue evolucionando en nuestro interior. Sigue siendo una pieza clave para nuestro crecimiento.

Respetar este ritmo es una forma de cuidado profundo. Permitir que cada etapa tenga su espacio evita que se bloquee... Como en los ciclos naturales, hay momentos de recogimiento, de silencio y de aparente quietud.

No sólo hemos perdido a nuestro ser querido, también perdemos una parte nuestra que existía.

Hemos perdido una forma de estar en el mundo con todas las etiquetas correspondientes, nuestras identificaciones. Lo que se había tejido a través de ese vínculo. Una manera de habitar que ya no está, unas costumbres.

Todo esto conlleva una importante sensación de desorientación. No es sólo por la ausencia, sino por el cambio que provoca y aunque antes hayamos crecido interiormente, hay una parte emocional, psíquica y física que necesitará su tiempo.

Nuestro interior necesita reorganizarse hacia una nueva configuración, aunque todavía no sepamos qué forma tendrá... Significa encontrar un lugar interno para lo vivido. Permitir que el vínculo continúe desde otro lugar.

Con el tiempo, comienza a transformarse en una presencia silenciosa que no desaparece y ha cambiado de forma.

Reconocer que también algo en nosotros ha muerto es una parte esencial para la nueva forma de ser que comienza a emerger.

Es un viaje con sus luces y sus sombras. Es un viaje con muchos caminos, paisajes y varios desiertos. Un movimiento que transformará nuestra manera de comprender la vida y la propia existencia.

La vida encontrará cómo desplegarse de nuevo... no como antes, pero sí desde un conocimiento más consciente, más real de nuestra vulnerabilidad y del valor de lo vivido.

El ser querido que se ha ido se transforma en una presencia profunda con el legado que sostiene y acompañará hasta el final de nuestros días.
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