Cuando lo que te alivia no te deja avanzar

 

Por regla general, tendemos a alejarnos de lo que duele, evitamos lo que nos da miedo... y durante un momento funciona y te sientes mejor... puedes respirar.

Lo curioso es que al día siguiente aquello sigue ahí... y la próxima vez que aparece, la sensación es un poco más intensa. Repites la estrategia y enseguida te das cuenta de que tiene que ser un poco más grande... Sin darte cuenta, lo que empezó como una solución se convierte en parte del problema.

En Terapia Breve Estratégica existe un concepto que, cuando las personas lo entienden, suele provocar un momento de incomodidad... se le llama las soluciones intentadas.

La idea es sencilla... Cuando algo nos genera malestar, ponemos en marcha respuestas para aliviarlo. Esas respuestas parecen lógicas, necesarias. El problema es que muchas veces no solo no resuelven nada, sino que son exactamente lo que mantiene el problema vivo.

No es que hagamos algo mal. Es que la lógica que ha trazado esa respuesta, aunque parezca sensata, trabaja en tu contra.

Piénsalo así: si tienes una astilla clavada y la presionas cada vez que te duele para comprobar cómo está, no la estás cuidando ni curando, te estás haciendo más daño. La intención es buena, pero el resultado no lo es.

Y hay otro patrón bastante común y más difícil de ver a veces... Revisar el perfil en las redes sociales de alguien con quien has roto para ver si ha subido algo nuevo. Lo haces para calmarte, para saber cómo está, para cerrar algo... pero cada vez que miras, la herida vuelve a abrirse. El dolor sube... ¿Es así?


Paremos un momento, por favor... Verás, hay tres patrones que conviene reconocer.

No hay una sola forma de caer en este ciclo, pero sí hay aspectos que se repiten con mucha frecuencia.

La evitación.

Alguien que siente ansiedad al coger el ascensor decide subir por las escaleras. Al principio parece una buena idea, pero cada vez que evita el ascensor le está enviando a su mente el mensaje de que el ascensor es un lugar peligroso. El miedo no desaparece: crece... 

Con el tiempo, la lista de cosas que hay que evitar se va haciendo cada vez más larga.


La búsqueda de tranquilidad.

Alguien que vive con mucha incertidumbre o ansiedad aprende a buscar en los demás o en las redes la confirmación de que todo está bien. Busca o pregunta una vez, se tranquiliza un momento, pero la duda vuelve... Entonces busca otra vez... y otra. La tranquilidad que recibe dura cada vez menos tiempo y la necesidad de buscarla se vuelve más urgente.


La rumiación.

Alguien que ha tenido una conversación difícil o ha cometido un error se pone a analizar lo que pasó para entenderlo, encajarlo, sentirse mejor... Repasa la situación una y otra vez, busca explicaciones, busca culpables, busca el momento exacto en que todo fue mal. Vueltas y más vueltas... y en lugar de alivio, lo que encuentra es más angustia, porque cuando se rumia y rumia, se amplifica.


Imagina que estás en un pantano y empiezas a hundirte. El instinto más natural es luchar, ¿cierto?... intentar salir a la fuerza, pero en un pantano, cuanto más te mueves, más te hundes. No porque estés haciendo algo malo, sino porque esa respuesta es lógica en tierra firme y es exactamente lo que el pantano necesita para atraparte.

Con el malestar emocional pasa lo mismo. La evitación, la búsqueda constante de tranquilidad, la rumiación... son movimientos que tienen toda la lógica del mundo, pero son exactamente lo que te hunde un poco más.

Lo que hace que estos patrones sean tan persistentes es que, a corto plazo, producen alivio. Y ese alivio le dice al cerebro: esto funciona, repítelo.

Lo que en realidad ocurre es que el ciclo se refuerza y la próxima vez que aparece el problema es más intenso.... y muchas veces, ya no tiene que ver con el problema original, sino con todo lo que has tejido a raíz de él.

Es como intentar apagar un fuego con gasolina. En el momento parece que estás actuando, que haces algo útil, pero estás avivando las llamas.

El problema se mantiene, en parte..., gracias a ello.


¿Qué podemos hacer en lugar de eso?

La respuesta que propone la Terapia Breve Estratégica no es esforzarse más en la misma dirección, sino cambiarla porque no está funcionando. 

No se trata de eliminar el miedo, la duda o la angustia de golpe. Se trata de dejar de alimentarlos con las respuestas que los hacen crecer. No es fácil y no se trata de hacerlo todo de golpe.

En terapia, este proceso se trabaja de forma gradual y con estrategias adaptadas a cada persona y a cada situación concreta. No hay una fórmula única. Lo que mantiene el problema es diferente en cada persona y la forma de interrumpirlo también lo es.

El primer paso siempre es el mismo y es  reconocer qué es lo que estás haciendo para sentirte mejor y preguntarte si te está funcionando. Esto lo puedes hacer tú mismo cuando quieras.


Si tiendes a evitar

La próxima vez que sientas el impulso de esquivar lo que te genera ansiedad, intenta acercarte aunque sea solo un paso muy pequeño. 

No tienes que enfrentarlo de golpe... basta con hacer algo ligeramente distinto a lo que harías normalmente: por ejemplo, subir un piso en ascensor en lugar de ninguno, entrar en la situación dos minutos en lugar de huir. 

Cada pequeño acercamiento le dice a tu mente que no hay peligro real.


Si buscas tranquilidad constantemente

Cuando notes el impulso de preguntar, buscar o de comprobar algo para calmarte, espera. Pon un tiempo concreto entre el impulso y la acción: cinco minutos, diez, media hora, una hora... No para torturarte, sino para descubrir que la angustia sube... y luego baja sola, sin necesidad de hacer nada. 

Tolerarla un poco más cada vez a tu ritmo es lo que la reduce a largo plazo. 


Si rumias

Cuando te encuentres dando vueltas al mismo pensamiento, no intentes pararlo. En su lugar, interrúmpete físicamente: levántate, cambia de habitación, haz algo con las manos, muévete... El cuerpo en movimiento es una de las formas más efectivas de sacar a la mente del círculo vicioso. 

También puedes escribir lo que te preocupa en una libreta... sacar fuera lo de dentro reduce su peso y ayuda a ver más claro.


Observa durante unos días qué haces cuando aparece el malestar, sin juzgarte, llévate de la mano con curiosidad... como si fuera un juego.

Identificar el patrón es el primer paso para poder cambiarlo.  A veces, simplemente verlo con claridad ya empieza a aflojarlo y es fácil resolverlo.

Llevamos tanto tiempo dentro de este modo de funcionar que ya no lo vemos como un patrón, sino como algo inevitable en nosotros. 

Ver esa estructura es lo más difícil y también el principio de todo lo nuevo. 

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