Apego Ansioso. Aprender sin desaparecer

La forma de querer empieza muy pronto. Es una estructura que el cuerpo aprendió cuando todavía no teníamos palabras para expresar lo que sentíamos y solo el instinto de vigilar si íbamos a ser atendidos.
Esta seguridad, de pequeños, no depende de nosotros, sino de si conseguíamos la atención de quien nos cuidaba.
Un cuidador presente unas veces y no disponible otras, por lo que sea, casi nunca por maldad, sino por su propio cansancio, su propia historia personal, por sus otras preocupaciones... nos enseñó algo muy concreto y es que el amor llega de manera imprevisible e inconsistente. Así se aprende a estar alerta para no perderlo.
Así aprendimos, también, a mirar hacia fuera antes que hacia dentro.
Esta atención se entrenó para leer al otro de manera minuciosa... su tono, su cara, el segundo exacto en que algo cambia porque de eso dependía si estaríamos acompañados, cuidados. Así nos volvimos expertos en el otro.
Ya de adultos, ese mecanismo se mantiene aunque tengamos pareja estable, amigos, un trabajo, una vida que en apariencia puede sostenerse.
Esta estructura sigue resguardada, agazapada, incluso en los días buenos, aunque racionalmente no entendamos por qué no nos relajamos. Es esa sensación de estar siempre medio alerta, como si el cuerpo no terminara de creerse que esta vez puede relajarse.
Este apego se traduce de maneras muy reconocibles.
Se ve en la necesidad de una respuesta inmediata y en la historia completa que construyes en el tiempo que tarda en llegar, en no ser capaz de simplemente esperar.
Se ve en preguntas que en realidad son peticiones disfrazadas de otra cosa y se omiten el
Necesito saber que sigues aquí...
y dicen
¿Vas a salir otra vez esta semana?, ¿Te lo pasas mejor con tus amigos que conmigo?, ¿Por qué tardas siempre tanto en responder?.
El miedo acaba por convertirse en un interrogatorio porque pedir directamente lo que se necesita se siente como pedir demasiado.
Se ve en la dificultad para distinguir entre una ausencia que tiene que ver con el vínculo y una ausencia que tiene que ver con lo que le pasa al otro con sus cosas.
El cuerpo no hace esa diferencia. Reacciona igual ante alguien que se aleja por indiferencia que ante alguien que se aleja porque está desbordado por algo suyo, algo que no tiene nada que ver.
Sin trabajarlo, este apego puede sentirse especialmente atraído por dinámicas que refuercen su patrón y esto es justo lo que no necesita.
Ese radar tan entrenado para leer al otro se siente más activo, más en zona de confort, frente a quien es difícil de leer, alguien distante, poco disponible, que aparece y desaparece con un ritmo que no se controla.
La calma de alguien presente y constante, paradójicamente, puede sentirse extraña, incluso sospechosa, porque no da a la configuración interna nada que vigilar.
Así, sin proponerlo, puede que se repitan con distintas personas el mismo patrón de la infancia... Alguien a quien hay que conseguir, cuya atención nunca es del todo segura, y con quien el amor se siente más real cuanto más cuesta sostenerlo.
Nuestra configuración impulsa la inercia de buscar lo conocido, y lo conocido, para este patrón, se parece mucho a la incertidumbre.
Empezar a
reconfigurar no depende de decidir, un día cualquiera, dejar de sentir miedo. El miedo seguirá apareciendo, probablemente durante un tiempo, mucho tiempo. Lo que puede cambiar es qué hacemos con este miedo cuando llega.
Nos ayudará poner palabras a lo que sentimos en lugar de convertirlo en tantas preguntas: decir
Tengo miedo de que te alejes
en vez de preguntar seis veces a qué hora vuelves y con quién has estado.
Ayuda, también, aprender a leer las ausencias que ponen en riesgo de verdad el vínculo y las ausencias que trae la vida del otro.
Y lo que más ayudará es formar vínculos basados en la confianza para poder abrirnos tal como sentimos, tal como lo vivimos y responsabilizarnos de este cambio de configuración día a día. Encontrarnos con alguien que tenga capacidad de sostener este miedo sin alimentarlo ni ridiculizarlo y que se quede cerca cuando aparece, en lugar de desaparecer.
La seguridad ausente en la infancia puede construirse, poco a poco. A veces basta con que lo que sentimos no tenga que gritar tan fuerte para ser escuchado.









