Apego. Aprender a flotar, aprender a nadar

Muy temprano aprendiste lo que era el amor, a querer, a vincularte, en un lugar que en realidad no elegiste.
Alguien no llegó, llegó mal, o llegó a medias, o llegó tarde... y tu cuerpo, antes que tu mente, sacó una conclusión clara sobre lo que se puede esperar de las relaciones cercanas: que tarde o temprano, se van.
Esa conclusión no se corrige leyendo sobre ella, sobre apego y relaciones... Se transforma viviendo un vínculo sano, una y otra vez, hasta que el cuerpo suelte la vieja historia y empieza a confiar.
Y la primera relación, la orilla que reconstruir es la propia, la relación que se tiene con uno mismo.
Sostenerte no significa no necesitar a nadie. Significa dejar de necesitar que alguien llegue a rescatarte de una corriente que tú mismo puedes aprender a manejar.
He visto muchas veces cómo algunas personas siguen esperando en mitad del mar a que alguien las lleve a tierra sin ver que ellas mismas pueden flotar. Y ese rescate, tarde o temprano, acaba en decepción, porque nadie más que tú puede ocupar el lugar que solo tú puedes habitar.
Tener un buen vínculo contigo es lo mejor que puedes hacer por ti y lo cambia todo.
Desde tu propia orilla, todo se configura distinto, y los cambios que vendrán no se vivirán con la fragilidad de antes.
El psiquiatra
John Bowlby, observó cómo se forma el primer vínculo, él tenía una palabra para lo que buscamos:
base segura. Decía que un vínculo sano no es el que te sostiene todo el tiempo dentro del agua, sino el que te deja alejarte para que nades sabiendo que hay una orilla a la que volver si el mar se pone difícil. Un lugar al que se puede volver sin pedir permiso, no es una jaula.
Y aquí está lo importante: el daño que dejó un apego que no fue seguro no se cierra evitando el agua ni quedándote para siempre en la arena. Se cura con otro apego, seguro esta vez, que va reescribiendo, marea tras marea, lo que aquella primera orilla no pudo dar.
La herida se abrió en una relación. Solo otra relación, distinta y sostenida, la puede cerrar día tras día.
Desde lo que da estar en tu propia orilla, elegir tus vínculos, deja de ser un salvavidas y se vuelve alguien con quien nadar. Y cada vez que esa persona se queda en la orilla, cuando podría haberse ido, tu sistema nervioso recibe una pieza de evidencia distinta a la que archivó en la infancia.
Es la repetición de la permanencia lo que convence. Diez veces, muchas veces, la misma orilla, después del silencio incómodo, después de meter la pata, después de mostrarte sin nada, después de haber estado enfermo... Y algo importante y sensible empieza a soltar la tensión.
La gran pregunta no es si un vínculo te hace sentir bien. Es si te hace sentir bien de la misma manera en que siempre te sentiste mal.
El vínculo que repara puede incomodar al principio, porque es algo nuevo y te pide entrar al agua sin la actuación que ya te sabes de memoria. Pide, además, cuidar de lo que se va configurando, poner intención en ello.
Un vínculo que se repite te resulta familiar desde el primer día, como una corriente que ya conoces aunque te acabe arrastrando... y esa familiaridad, cuando viene de una herida antigua, es una señal de que encontraste la corriente de siempre.
La cercanía sana no siempre se siente en calma, tendrá movimiento y momentos de contradicción, pero es un lugar en el que puedes respirar con el pecho entero, cuidar y sentirte cuidado, crecer. Ser tú.
Podemos llamarlo segunda oportunidad, pero es, sobre todo, un cambio de fondo que nos lleva a vincularnos de otra manera y a dejar de vivir buscando siempre una salida.









