Apego Evitativo. Callar antes de las palabras

Cuando pedir y extender los brazos reciben siempre la ausencia, el cuerpo aprende a dejar de intentarlo, porque tanto esfuerzo no vale la pena.
Lo que empezó en la infancia... una mirada que no llegaba, la falta de presencia, una lágrima que incomodaba más de lo que consolaba, se convierte con los años en una forma asentada de estar en la vida.
Somos quienes resuelven solos, quienes dejan de molestar, quienes se espabilan sin pedir ayuda y parecen tener todo controlado incluso cuando por dentro no lo está. Desde fuera esto se celebra como un logro.
Se genera un patrón para evitar sentirse vulnerable y que el otro nos niegue la respuesta.
Cuanto más cerca llega alguien, más necesidad hay de alejarnos, aunque sigamos queriendo a esa persona.
La cercanía activa una alarma muy antigua en el cuerpo, que responde igual que respondió entonces ante el dolor, aunque ya no haga falta. El pecho que se cierra, las ganas de salir del sitio sin saber muy bien por qué, son una incomodidad lo suficientemente importante como para movernos.
Esa alarma se fraguó en momentos que es fácil que hayamos olvidado. Para entender de dónde viene, hay que volver mucho más atrás, antes incluso de nuestras primeras palabras.
El cerebro de un bebé se construye de abajo hacia arriba: primero lo que lo mantiene vivo (respirar, el latido, el reflejo), después lo que siente (el amor, el miedo, el malestar, la angustia, la calma, la alegría, el enfado, la frustración...) y mucho más tarde lo que piensa sobre lo que siente, lo que pasa a través de la palabra, lo que puede decirse a sí mismo. Y, más adelante, aprende qué hacer cuando esto ocurre, cómo regularse, cómo sostenerse. Esa última pieza es la que permite calmarse, y al principio todavía no existe, tardará bastante en existir. Así que, durante los primeros años, el único sistema de regulación disponible para un niño es otro cuerpo cercano a él: el de la madre, el padre, los cuidadores, unos brazos y una voz que hagan por él lo que él no puede hacer por sí mismo, y con paciencia le vayan ayudando con todo lo que le ocurre por dentro.
Esto es lo que señala de manera muy atinada, desde hace muchos años, el pediatra
Carlos González, cuando explica que el llanto del niño es su único recurso, porque su cerebro es inmaduro y aún no ha desarrollado otra capacidad como la de manipular. Es así como se comunica con el exterior, así de simple, de modo que la confianza que se va construyendo con los padres dependerá de cómo estos respondan.
Cuando esa respuesta falla de forma sistemática, lo que se rompe no es solo el consuelo, sino la certeza de que llamar, pedir ayuda, es inútil. Nunca van a venir, aunque estén ahí.
Esta dureza de no recibir la atención provoca grietas en el vínculo. Y seguimos necesitando exactamente lo mismo que cualquier otro niño que sí es atendido, solo que aprendimos de manera meticulosa a contenernos. Por dentro la alarma sigue encendida, por fuera parece que no pasa nada, y con el tiempo esto se transforma en una dinámica, una estructura que llega con nosotros hasta la adultez.
El patrón crece cambiando de forma en cada etapa, aunque el núcleo de pedir cuesta, recibir cuesta más se mantiene intacto por debajo.
Los adultos lo valoran como una virtud: somos los niños que se entretienen siempre solos, los que juegan en su habitación sin molestar, los que se adaptan tan bien que ni siquiera los adultos notan que hay algo que sostener y lo elogian por ser tan fáciles.
En la adolescencia se confunde fácilmente con lo esperable de la edad, porque cualquier adolescente busca algo de libertad, de distancia, pero hay un matiz que lo distingue: no es solo que nos alejemos de la familia, sino que la dinámica empieza a complicarnos la vida y nos cuesta acercarnos a cualquiera con lo que de verdad nos pasa.
Lo compensamos con logros, con ser los que llevan bien las cosas, mientras por dentro cualquier gesto de afecto genera un estado que no sabemos gestionar.
En la juventud, cuando empiezan las primeras relaciones serias, el patrón se vuelve muy visible. Elegimos, muchas veces sin darnos cuenta, actividades o dinámicas que no dependan de nadie o que impliquen poca demanda emocional.
El compromiso genera muchas dificultades. El trabajo, los proyectos propios, la ocupación constante, se convierten en un refugio perfecto para escapar, porque nadie cuestiona a alguien ocupado y responsable por no estar disponible emocionalmente.
Ya en la vida adulta vale la pena distinguir algo, porque se presta a confusión: ser independiente no es, por sí solo, tener
apego evitativo. La diferencia está en qué pasa cuando la intimidad emocional empieza a coger cuerpo y ser importante, porque ahí es donde se ve si hay espacio real para la cercanía.
Y como he dicho en otros artículos, esta manera con la que aprendimos a vincularnos es una dinámica, pero no es lo que realmente somos.
Podemos re-aprender.
Queda también el silencio como la forma en que nos serenamos: nos retiramos y lo confundimos con fortaleza, cuando es algo que aprendimos antes de saber que existía otra manera de estar acompañados y calmarnos.
Sin trabajarlo, este patrón encuentra, casi con precisión milimétrica, a quien completa el cuadro: alguien que persigue, que necesita cercanía con la misma intensidad con la que nosotros necesitamos espacio, muy probablemente alguien con
apego ansioso.
Al principio puede vivirse con cierto equilibrio y durante un tiempo cada uno confirma en el otro lo que ya esperaba del mundo: una parte, que el amor hay que perseguirlo porque si no se escapa; la otra, que el amor hay que vigilar y no dejar que se acerque demasiado para no salir dañado.
El problema es que ambas partes se mueven desde su herida: cuanto más persigue, más necesitamos retirarnos, y cuanto más nos retiramos, más necesita perseguir.
Es una coreografía que conocemos de memoria, porque cada uno la aprendió por su cuenta mucho antes de conocer al otro.
Con el tiempo, suele suceder que una de las partes se satura por la situación, o ambas llevan tiempo sin tener motivación por el otro, y un tercero, que puede ser un terapeuta, deja caer lo que llevábamos años sin ver : la manera que aprendimos a vincularnos y el teatrito que hemos montado con unos personajes que representamos y que no están enteros con el otro. Y cuando se encuentra la herida de cada uno y se le da la atención que necesita, lo de dentro empieza a transformarse, el teatro cae y ese proceso, una vez iniciado, no tiene retorno, para bien.
El cambio llega dando lugar a expresar lo que antes no se podía ni había espacio para hacerlo.
Ayuda aprender a observar ese impulso de alejarnos justo cuando aparece, el instante exacto en que algo se acerca demasiado y el cuerpo está buscando la salida, y decidir quedarse un poco más para comprobar qué pasa si por una vez no obedecemos de inmediato.
Y, sobre todo, ayuda encontrar a alguien que se vincule desde la presencia y no siga la coreografía, ya sea en pareja, en un proceso terapéutico o en una amistad.
Quien vive así necesita seguir valorando su propio espacio y descubrir que ese espacio no es el único lugar posible.
Esto tiene nombre: seguridad ganada, la que se construye despacio con alguien con quien de verdad merece la pena intentarlo.









