La mirada se fue primero. Las pequeñas cosas que sostienen nuestra vida

Llevo una regla conmigo desde hace tanto que he olvidado haberla cogido. Mide lo que consigo, lo que alcanzo, los retos superados, lo que puede contarse en una cena. Lo que cabe en sus marcas lo llamo grande. Lo que queda por debajo lo llamo pequeño... Y rara vez me he preguntado quién grabó esas marcas, qué hago yo con esta regla encima.
Piensa en un día, de esos que no tienen una fecha concreta. Despiertas y nada te duele. Al otro lado de la puerta suena una voz conocida. La persiana del vecino comienza su día. Un techo te cubre mientras la lluvia insiste fuera, desordenada pero constante. El café sube su olor despacio y algo se despeja en ti segundos antes de tomarlo. El tintineo de la lluvia es como alguien que llama con los nudillos mientras los sonidos de la mañana se despiertan.
Ninguna de estas cosas figura en una lista. Ninguna se celebra, ninguna se anota. Se dan por hechas. Y sin embargo, si alguien te las entregara de golpe, serían tantas, tan entrelazadas, una coreografía que sostiene el día entero, que no sabrías dónde ponerlas.
Y si un día faltaran, quedaría un silencio, un vacío que su presencia nunca llegó a provocar...
Ahora mismo, esas cosas siguen donde estaban. Lo que cambió fue dónde mirabas.
La costumbre trabaja como la niebla, sin hacer ruido, sin llamar tu atención.
Imagina una casa de ventanas enormes, y a alguien que vive en ella un día pregunta dónde está la luz. Vive dentro de la claridad, y la busca fuera... Así de fácil resulta confundir lo que siempre ha estado con lo que no vale.
La mirada se fue primero. Lo demás se quedó ahí, esperando, con una paciencia casi insolente.
Pero a veces la regla se da la vuelta. Sin aviso, una mañana cualquiera.
Lo grande empieza a mostrar su tamaño. El logro que perseguías, el reconocimiento, la meta de este año: todo descansa sobre algo, y ese algo es lo que llamabas pequeño. Un cuerpo que responde y se siente ligero, una mesa con alguien enfrente, un rato sin prisa, el tacto de una taza, el olor de la mañana... Lo pequeño era el suelo, y lo grande, lo que levantabas encima.
Todavía oigo a mi querido
Olier. Cuando me veía dando vueltas a mis cosas, solía decir:
Unas croquetas con una cervecita y un paseo lo cambian todo. Lo decía con su sonrisa convencida, sin teorías ni parrafadas... Yo me reía por lo simple, y tenía razón. Era un mago con su chistera: tantas cosas pequeñas salían de ella que lo cambiaban todo.
Esta mañana vuelvo a tomar mi taza entre las manos. El vapor sube, la luz de la ventana se expande en la mesa, y por un instante la regla queda a un lado...
Entonces me pregunto, sin tener respuesta: ¿cuántas cosas enormes llevo años llamando pequeñas?









