Apego Desorganizado. Amor y Tormenta

Emma está en su cuarto, sentada en el suelo. La luz de la tarde se va apagando en la ventana. Le gusta soñar y jugar con animales de la selva, mezclarlos y alinearlos por tamaño. Siempre imagina que algún día podrá vivir entre ellos, y casi alcanza a oír los sonidos de la naturaleza y a sentir cómo sería.


Se cierra la puerta de la calle y Emma se tensa, su respiración se vuelve más superficial, su mano se queda a medio camino...

Escucha las llaves que se dejan sobre la mesa con cuidado o de golpe, el silencio de la cocina, un grifo que se abre y se cierra, el peso de los pasos. Ha aprendido a leer el mínimo ruido o gesto, y con eso sabe, antes de ver ninguna cara, qué clase de noche viene.

Saberlo no le dice qué hacer.

Emma lleva toda la tarde esperando a quien viene. Le guarda la redacción que ha escrito para enseñársela. Hoy le gustarían aquellas croquetas tan ricas que hace cuando está de buenas.

Los pasos se acercan por el pasillo y, bajo la puerta, la franja de luz se parte al pasar una sombra. La imaginación ha desaparecido hace rato... Emma sigue sin ir hacia la puerta.

Quien entra en casa carga con un sufrimiento que no sabe resolver. Algunos días llega con una ternura que desarma, y otros con una tormenta que da miedo. Arrastra un temor antiguo, anterior a que Emma existiera, y lo derrama sobre la más pequeña de la casa, la única que no puede irse ni defenderse.


Lo único que Emma ha aprendido a prever es que no se puede prever.

Emma no entiende nada de lo que pasa pero ha entendido que hay algo dentro de ella que lo empeora todo. Se lo han dicho tantas veces... Si me lo pusieras más fácil..., Tanto esfuerzo para que me lo pagues así, Eres una desagradecida, Así no te va a querer nadie... Emma no sabe exactamente qué significan esas palabras, pero las recibe como un encargo.

Baja la voz, aprende a no pedir y a no hacer ruido, a no molestar. Se acostumbra a desconectarse... Llega a la conclusión de que el problema es grande y es ella.

Así se configura este apego. Quien debía ser refugio es también aquello de lo que hay que protegerse, y el cuerpo aprende que acercarse es peligroso... y alejarse también.

El refugio y la tormenta tienen el mismo rostro.

Y lo que el cuerpo aprendió así no se guarda como un recuerdo... se mantiene como una alarma, sonando bajito debajo de todo lo demás.

De adultos, cuando alguien se acerca de verdad, algo en nosotros se enciende y se apaga al mismo tiempo, y no sabemos explicar por qué justo lo que más deseamos nos hace tanto ruido por dentro.

Visto desde fuera, desconcierta. Desde dentro, también.

Podemos desear la cercanía con mucha intensidad y, cuando por fin llega, retirarnos, como quien acerca las manos al fuego y las aparta antes de calentarse. Pedir una cosa y su contraria en la misma conversación. Decir ven con el cuerpo y vete con la voz, o al revés, sin darnos cuenta de que lo hacemos.

Cuando la intimidad crece, algo se abre. El cuerpo reconoce en la cercanía el lugar donde antes estuvo el peligro y hace lo que aprendió: queda inmóvil, la mirada se apaga, la mente se queda en blanco, los sonidos llegan como desde otra habitación, y aparece esa sensación de contemplar la escena desde un poco más lejos. Desconectarnos, disociarnos fue, en su día, la única salida posible.

La culpa llega con una certeza tan antigua que parece un hecho: que si algo bueno se estropea será por nuestra causa. A veces lo estropeamos nosotros mismos, justo cuando mejor va, para no tener que esperar a que ocurra.

Y se ve, sobre todo, en lo imprevisible. Lo que aprendimos a leer en el otro, lo llevamos ahora por dentro.


Descubrimos en nuestra propia voz la tormenta que tanto temimos. Ahora somos amor y tormenta.

Sin trabajarlo, este apego tiende a repetir lo conocido, y lo conocido siempre tuvo dos caras.

Por eso puede encontrarse tanto con quien se acerca demasiado como con quien se mantiene lejos. Con unos huimos, a otros perseguimos, y a veces con la misma persona, en la misma semana.

Los otros dos apegos tienen, al menos, un lugar al que ir. Este, no, se queda en medio del camino.

Quien está al lado suele quedarse sin entender. Recibe una calidez que se apaga de pronto y una frialdad que se deshace sin más, y acaba preguntándose qué ha hecho tan mal... justo la pregunta que, de niña, Emma se hizo tantas veces.

Nos cuesta leer la calma, la presencia sostenida de alguien que cuida sin sobresaltos. Esa calma tiene refugio de sobra y ninguna tormenta que anticipar, y un cuerpo que solo ha conocido el refugio con tormenta no sabe qué hacer con tanto refugio. Las llaves suenan siempre igual al dejarse sobre la mesa, y el oído, sin nada que descifrar, no encuentra dónde ponerse.

Este apego no se resuelve entendiéndolo. Se puede saber de dónde viene y que el cuerpo siga encogiéndose porque lo aprendido así vive en capas más profundas que las palabras.

Por eso el camino hacia un apego seguro empieza por el cuerpo y por el vínculo con otra persona.

Aprender a reconocer cuándo se enciende la alarma, cuándo todo se apaga, y poder nombrarlo en voz alta delante de alguien que no se asusta ni se enfada ya es un avance. Que el bloqueo deje de ser una vergüenza y pase a ser algo que se puede mencionar, ahora me estoy yendo, es otro.

Conviene ir a un ritmo que el cuerpo pueda creerse. Cada vez que cercanía y seguridad llegan juntas, algo se corrige despacio, como una casa que tarda en entrar en calor, aunque al principio se sienta raro, incluso sospechoso.

Conviene revisar la frase que Emma recibió como encargo. Ese el problema soy yo fue la única explicación que tuvo cabida en su mente de niña, y se puede devolver a quien le correspondía.

A quienes cuidan de niños pequeños porque son suyos o están encargados de ellos, siempre les repito algo: te invito a tener presente que la misma mano que cuida no puede ser la que haga daño.

Sirve también para quien un día fue esa niña y ahora es adulta.

Un vínculo en el que el cuidado y el daño llegan por la misma mano nunca será refugio, por mucho que se le parezca. Conviene saberlo y decirlo en voz alta.

Lo que se ama se sabe cierto porque se cuida siempre.

Si hoy alguien se acerca y algo en ti se enciende y se apaga, no hay nada roto dentro. Hay una niña que aprendió a sobrevivir y lo hizo tan bien que ha llegado hasta aquí.




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