Cuando dar te vacía y recibir te pesa

Hay personas que llevan años regando jardines ajenos mientras el suyo se va secando poco a poco. Lo hacen con generosidad, con una sonrisa lista para cuando alguien les necesite. Sin embargo, en algún momento, ya no hay por donde dar, no queda agua porque llevan tanto tiempo dando sin tenerse en cuenta que habían confundido el agotamiento con la virtud.
Quizá reconoces eso... En la dificultad de aceptar lo que alguien te ofrece, en ese impulso de devolver el favor casi antes de haberlo recibido, como si dejar que alguien te ayudara fuera contraer una deuda.
En las dos orillas de este río hay algo que aprender y las dos tienen que ver con lo mismo... qué lugar te das a ti mismo en tus relaciones personales.
Dar desde la abundancia es un acto de amor, pero dar desde el vacío es una forma de pedir ayuda que nadie puede ver ni va a escuchar.
Cuando una persona aprende desde pequeña que su valor depende de lo útil que es para los otros, crece con un mapa interior muy particular. En ese mapa, la generosidad es la moneda de cambio. Dar se convierte en la manera de asegurarse ser vista, ser aceptada... y de evitar que el vínculo se rompa. La lógica de quien lo sufre es comprensible, pero el coste es muy alto.
Esa forma de dar no alimenta al otro, le coloca, sin saberlo, en una posición muy incómoda que no puede respirar ni relajarse en la relación.
Piensa en esa persona que cuando vas a coger el abrigo ya lo tiene en la mano, que cuando vas a pagar ya ha sacado la cartera, que cuando empiezas a contar un problema ya tiene la solución lista. No digo que su intención no sea buena, siempre lo es, pero no te deja entrar ni ser tú mismo.
Cuando alguien no te deja aportar nada, tarde o temprano empieza a crecer por dentro una incomodidad difícil de nombrar... la sensación de ser un invitado permanente, alguien que solo ocupa sin contribuir. Nadie ha dicho nada, no hay ningún reproche..., y aun así el otro se siente en deuda porque hay algo en nosotros que necesita poder dar también. Y cuando ese espacio se cierra, la generosidad que no deja hueco deja de ser un regalo para convertirse en una presión invisible y es terriblemente difícil salir de ahí sin provocar un estropicio sin querer.
Párate un momento aquí, por favor... ¿Cuándo fue la última vez que ayudaste a alguien sin esperar ni siquiera el alivio de sentirte necesario? ¿Y cuándo fue la última vez que pediste algo sin sentir que molestabas?
Recibir tiene su propia complejidad y mucho más porque no nos enseñaron básicamente porque nuestros adultos tampoco les enseñaron..
Para muchas personas, dejarse ayudar activa una sensación de exposición, como si mostrarse necesitado fuera equivalente a mostrarse pequeño y vulnerable. Nuestra cultura colabora en esto.
Desde niños aprendemos a admirar a quien puede solo con todo, a quien resuelve sin pedir ayuda y así, sin que nadie lo haya decidido, aprendemos a cerrar la puerta justo cuando alguien quiere entrar a traernos algo que nos iría muy bien.
Aprender a recibir no es volverse pasivo... es reconocer que también mereces ser sostenido, cuidado y no solo ser quien sostiene y cuida.
Recibir implica confiar y ojo que este punto es importante... Confiar en que el otro da porque quiere, porque le nace, no porque espera algo ni va a ponerse por encima. Confiar en que tu necesidad no te va a alejar de quien te importa y esta confianza, cuando la historia personal ha tenido experiencias en que las necesidades propias fueron bien recibidas con calidez, no llega sola, fue una siembra lenta. Se construye despacio.
El equilibrio entre dar y recibir no es una cuestión de contabilidad, no se trata de llevar un registro de quién hizo más por quién, ni de repartir favores con precisión.
Se trata de algo más vivo, más dinámico que eso... de si en una relación, los dos se sienten con libertad de estar en las dos orillas de dar y recibir... de si puedes pedir sin sentir que abusas y puedes dar sin sentir que te pierdes.
Una relación donde solo uno da y el otro recibe termina cansando a los dos.
El equilibrio real se mide en el tono general del vínculo en largo recorrido.
Hay momentos en que uno necesita más porque está atravesando algo duro y hay temporadas en que uno da más porque el otro está en un valle. Lo que importa es si los dos tienen permiso sin que el vínculo tiemble... Si pueden ser frágiles sin que eso los aleje del otro.
Si eres de los que dan y dan y dan... hay un primer paso que no requiere cambiar nada y es observar.
La próxima vez que digas que sí y algo en ti considere decir que no, no hace falta actuar de inmediato. Basta con notar ese momento, ese pequeño instante de honestidad contigo mismo que es el principio de todo.
Si eres de los que no saben recibir, empieza con cosas pequeñas... deja que alguien te abra la puerta y acepta un cumplido sin redirigirlo, pide un consejo sobre algo aunque pudieras resolverlo solo.
Recibir también es un músculo y se entrena.
Cada vez que ejercitas el músculo, le estás diciendo a una parte de ti que tienes derecho a estar en ese lado de la relación.
Lo que está en juego no es menor.
La reciprocidad real, no la calculada, es lo que hace que un vínculo no quede ahogado por el exceso.. y que dentro de él, los dos se puedan sentir vivos y completos.









