Mientras se revela el camino

El otoño ha llegado al árbol antes que a ti.
Lo miras desde fuera, como se mira todo aquello que no es tuyo, y ves sus hojas en el suelo. Las suelta una a una. El amarillo se vuelve ocre, el ocre transforma el suelo. Las ramas empiezan a mostrarse desnudas, frágiles y desde donde estás solo se alcanza a ver lo que se va. Piensas que algo se está perdiendo, quizás con cierta añoranza, pero el frío que sientes tú no lo tiene el árbol.
Ha hecho su tránsito antes de soltar la primera hoja.
Y así lo vive quien mira desde fuera...
✬
Dentro, bajo la corteza, mucho antes de que nadie se diera cuenta, algo empezó a revelarse.
Ocurre despacio, como en un cuarto sin luz. Se empiezan a ver manchas, sombras, un contorno que quiere configurarse como una fotografía y a ratos parece a punto de aparecer... y se disuelve. Algo se está formando, pero todavía no sabrías decir qué es... Cuando lo intentas explicar, las palabras llegan desordenadas y no, tampoco es eso... Es como si hubieran abierto el cuarto antes del revelado.
Por eso guardar silencio en este tramo es una manera sabia de cuidar, de darle valor. Una pregunta amable, una mirada curiosa bastarían para abrir la puerta de golpe y la luz entraría, velaría todo lo que estaba tomando cuerpo sin premura.
Así que esperas con una soledad que tiene un olor particular, el de algo que se cuece despacio y que nadie más puede oler.
✬
Lo que se mueve por dentro tiene sus estaciones y no avisa. Madura, se forma sin testigos y cuando por fin asoma, quienes te rodean siguen mirando a la que eras antes. Te hablan a ti, pero se dirigen a otra que ya no está y quien contesta es quien eres ahora.
Se nota un gran desajuste, como un tramo que falta en una escalera que se ha subido mil veces.
Alguien te mira y dice:
Te noto distinta.
¿Qué ha pasado?
Lo dice con cariño, con inquietud. Abres la boca para contestar y descubres que cualquier respuesta sería cierta a medias. Las palabras que tienes son de la que eras y las de la que eres aún no han aprendido a articularse.
Entre la que eras y la que eres queda una distancia.
Es un camino que solo se anda a solas y ahí vive esa soledad tan difícil de explicar... la de quien ha cambiado de verdad y sigue siendo mirada con los ojos de siempre.
✬
Un día pasas por delante de la casa donde viviste.
La luz de la cocina está encendida. La reconoces, claro que la reconoces: el mismo brillo, la misma hora, el mismo gesto de quien pone la mesa... asoman esos recuerdos. Algo en ti se detiene y otra parte quiere seguir caminando. Ninguna empuja a la otra, ambas conviven... Ya no es tu cocina, ya no es tu sitio... todavía duele un poco.
Los tuyos te quieren, a su manera, con mesura, con lo que ellos conocen. Esperas, sin saber de quién, una aprobación que nunca llega y la duda se cuela despacio como un goteo impertinente: quizá no has cambiado tanto, quizá era mejor lo de antes... Lo ocurrido ya no se deshace, como el niño que deja de gatear y empieza a andar.
Sigues caminando sin mirar atrás, sabiendo que la luz de la cocina sigue ahí.
✬
Vuelves al árbol.
Ya está casi desnudo. Sigue su curso sin mirar atrás.
Si te acercas un poco y te olvidas de observar desde lejos durante un momento, junto a la rama, bajo la corteza, asoma una yema pequeña, aún cerrada. Es un tono distinto de todo ese gris...
Todavía es pronto para saber qué será, pero en su momento, será.









