Vulnerabilidad y debilidad, una misma herida, distinto camino

Hay algo que cargamos y no lo vemos. No es dolor.
El dolor, cuando se nombra, resulta más llevadero de lo que imaginábamos. Lo que pesa de verdad es lo que llegamos a hacer con él, la armadura férrea que construimos para no sentirlo.
Se va construyendo pieza a pieza, poco a poco, casi sin decidirlo. Un estoy bien dicho sin estarlo, una distracción justo cuando algo empieza a doler, una explicación que pone la responsabilidad en el otro... Hasta que un día nos damos cuenta de que llevamos tanto encima que ya no recordamos cómo movernos sin ello y a veces, la sensación interna es que nos hemos vuelto de corcho y eso nos separa del mundo exterior.
Lo he visto en muchas personas. No tiene nada que ver con sentir demasiado o sentir poco, sino con no poder sostener lo que surge, lo que uno siente, con huir de ello antes de que llegue a la superficie... con el móvil en la mano como escudo, con las distracciones que adormecen. A eso yo no lo llamo vulnerabilidad, lo llamo debilidad emocional.
Es escapar para evitar sentir y ahí está la paradoja: cuanto más se evita el malestar, más crece. Queda encapsulado y esperando... y saldrá, tarde o temprano, quizás sin que decidamos nosotros cómo hacerlo.
Uno de los grandes descubrimientos que uno hace consigo mismo suele ser darse cuenta de que lo que no se toca no desaparece. Se instala. Lo que empezó como una estrategia para protegerte acaba generando más sufrimiento.
Es como llevar una mochila cada vez más pesada y convencerte de que ya te has acostumbrado al peso. No es que pese menos, es que ya no recuerdas cómo es caminar sin ella. Van pasando los días, los años y van entrando más y más cosas: lo que no dices, lo que finges, todo lo guardado para no molestar, para no parecer débil, para no abrir lo que da miedo abrir... y la mochila crece. Te vas encorvando muy despacio, sin darte cuenta de que te va doblando. Reorganizas tu vida, evitando ciertos caminos, rechazando ciertas conversaciones con la intención de ser prudente. Y cada vez eres más rígido, más duro..., estás más cansado.
Lo más difícil no será aprender a cargarla, sino atreverse a verla y abrirla cuando has llegado al punto de darte cuenta de que te has ido achicando.
Lo trabajamos mucho en las sesiones. Ese patrón que parece tan razonable desde fuera: No quiero cargar a nadie con mis cosas... Es que tampoco es para tanto... Soy demasiado sensible... No quiero montar un drama... A otros les pasan cosas peores... Para qué abrir algo que ya pasó... Y debajo de cada una de esas frases hay un mundo que no ha sido visto todavía.
La vulnerabilidad es exactamente lo contrario. Es atreverse a entrar en un sitio donde no hay garantías de que todo salga bien. Es poder decir: Estoy pasándolo mal y necesito sacarlo... necesito apoyo. Eso no es fragilidad, eso requiere una valentía que pocas veces reconocemos como tal, precisamente porque no hace ruido, porque ocurre en silencio antes de que abras la boca.
Lo que separa a una de la otra no es la intensidad del dolor. Es lo que decides hacer con este dolor.
La persona vulnerable siente el dolor y aun así actúa, crea, pide, construye límites, lo elabora.
La persona atrapada en la debilidad emocional siente el dolor, lo esquiva o lo convierte en una historia donde siempre hay algo o alguien a quien culpar y lo mantiene dentro ignorándolo.
Viktor Frankl lo dijo desde su experiencia en un campo de concentración: No siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos elegir cómo nos situamos ante ello. Esa pequeña pero decisiva elección es la diferencia entre una vida que avanza y una vida que da vueltas en el mismo sitio.
Y la autocompasión va en la misma dirección, aunque también se malentiende. Se suele entender como pobrecito yo y quedarte quieto, pero habría que matizar. Consiste en tratarte con la misma atención y amabilidad que le darías a alguien a quien quieres cuando está pasando por algo difícil como lo que estás pasando tú. Reconocer que el dolor es parte de lo humano, no una señal de que algo en ti está mal. Desde ahí es mucho más fácil moverse. Mucho más fácil quitarse la armadura sin sentir que te quedas desnudo y desprotegido.
Entonces, te hago una sola pregunta: cuando aparece algo difícil a nivel interno, ¿Sueles mirarlo o lo esquivas?
La dirección importa... mucho.
La vulnerabilidad se construye paso a paso, cada vez que dices lo que realmente piensas en lugar de lo que esperas que quieran oír, cada vez que pides lo que necesitas, cada vez que no finges que estás bien cuando no lo estás.
No es un rasgo que se tiene o no se tiene. Es una decisión que ha llevado a una forma de relacionarte contigo mismo y con los demás que se va afinando con el tiempo, como cualquier cosa que merece la pena.
Mostrarte como eres, con tus grietas, con alguna sombra, es también una invitación para que los demás hagan lo mismo. Cuando alguien se atreve a decir yo también lo paso mal en esto, sé de lo que estás hablando, algo cambia en el ambiente, algo se distiende, y de pronto hay más espacio para todos y el momento se ha convertido en más humano, más honesto.
Quitarse la armadura no te deja más expuesto, aunque si has andado muchos años con ella, puede ser una primera sensación. Deshacerse de ella no debe ocurrir en cualquier lugar ni con cualquier persona. Hay que elegir. Saber elegir dónde hacerlo y con quién es una parte esencial del camino, quizás la más importante de todas.
Para dar ese primer paso hace falta un espacio donde no haya juicio... Un lugar donde lo que has callado durante tanto tiempo pueda, por fin, ser dicho.









